Farah Diba, la última Emperatriz de Persia que comía con leprosos y fascinó al mismísimo Andy Warhol y a Jackie Kennedy
De estudiante en una buhardilla de París a dueña del Trono del Pavo Real y mecenas de la vanguardia. La asombrosa vida de la mujer que sobrevivió a la Revolución, al exilio y a la tragedia familiar, y que Hollywood quiere recuperar como el último icono de libertad para las jóvenes de Irán.


La historia de Farah Diba se puede resumir en un trayecto oficial que desconcertó a su séquito. A mediados de los años 50, en París, era solo una estudiante de arquitectura que vivía en una buhardilla sin ascensor. Cenaba un yogur para ahorrar y se movía en metro. Años después, el 12 de octubre de 1961, durante un viaje oficial, la emperatriz obligó a su comitiva y a sus guardaespaldas a cambiar de ruta y detenerse frente a un edificio gris en la Rue de l’Eure, en una calle estrecha del distrito 14. Bajó la ventanilla del coche blindado y, señalando hacia arriba, les dijo: “Ahí arriba, pasando hambre, es donde aprendí qué es la libertad”. Los agentes no entendían nada.
Su llegada al trono fue igual de heterodoxa. No la encontraron en un baile de debutantes. Apareció en la embajada de Irán en París en 1959, liderando a un grupo de estudiantes indignadas. El Sha estaba de visita oficial y aceptó recibir a una delegación para calmar los ánimos por el retraso de las becas. Farah fue la portavoz. El Sha, que venía de dos divorcios, se quedó hipnotizado. No solo por su belleza. Farah fue la única que no bajó la cabeza al hablarle, rompiendo el protocolo. Le sostuvo la mirada mientras le explicaba que los estudiantes iraníes las estaban pasando canutas. Él vio en ella la energía que le faltaba a su corte de cortesanos aduladores y supo al instante que sería su reina.

La boda fue un despliegue fastuoso. El vestido, un Yves Saint Laurent que era más una armadura que una prenda, llevaba 15 kilos de pedrería. Farah caminaba con problemas hacia el altar con un sudor frío recorriéndole la espalda. No era por los nervios del “sí, quiero”, sino por el peso de la ‘armadura’: “Tenía pánico a tropezar; sentía que si yo caía al suelo, la monarquía entera caería conmigo antes de empezar”. Las costureras de Dior le habían cosido un hilo azul en el dobladillo. Un amuleto secreto para que el vientre de aquella chica de la buhardilla le diera por fin un heredero varón al reino. Funcionó. Diez meses después nació el príncipe Reza. Farah cuenta que el Sha lloró como un niño, no por amor, sino por alivio.
Ya en el trono, Farah demostró que no iba a ser una reina de porcelana. Hacía visitas constantes a los leprosarios de Tabriz, lugares que el resto de Irán trataba como vertederos humanos. Allí hacía algo que aterrorizaba a su escolta: se saltaba el cordón sanitario, tocaba a los enfermos y se sentaba a comer con ellos en sus propias mesas. Llegó a levantar de la nada una aldea agrícola autosuficiente, Behkadeh Raji, para que los leprosos curados y sus familias pudieran vivir y trabajar sin el estigma social. En un país que creía que la lepra era una maldición contagiosa por el aire, ver a la Emperatriz compartiendo el pan con un leproso fue un choque eléctrico.

Farah se convirtió en la “reina de las revistas del corazón”, pero con una agenda que volvía locos a los diplomáticos. Se hizo íntima de Jackie Kennedy, y hay una imagen de las dos en la que parecen entenderse sin hablar: ambas eran jóvenes, iconos y sabían que sus maridos eran hombres difíciles con destinos peligrosos. Jackie, que no se impresionaba fácilmente, alucinó con el palacio de Teherán. Le preguntó a Farah cómo era posible vivir rodeada de tanto oro. Ella le respondió melancólica que el oro solo servía para que las paredes no se te cayeran encima entre tanta soledad.
Con Isabel II no hubo química. La monarquía británica se siente cómoda de tweed y entre caballos, luciendo las joyas de la corona solo cuando el guion lo exige. Farah, sin embargo, trataba las tiaras como parte de su vestuario diario de diseño. Ese ‘exceso’ persa incomodaba en Buckingham. Isabel II veía en ella a una recién llegada que quería modernizar el mundo a base de brillo, y Farah entendió rápido que sus verdaderos aliados no estaban en las casas reales rancias, sino en el mundo moderno.

Por eso se trajo a Andy Warhol a Irán en 1976. Fue el momento más surrealista de su reinado. Warhol, el hombre que convirtió una lata de sopa en arte, llegó a un palacio persa donde el protocolo dictaba que no se podía dar la espalda al Sha, y quedó rendido al instante. Se dedicó a sacarle Polaroids a la Emperatriz mientras ella desayunaba, fascinado por su piel y sus pómulos. Siguiendo ese impulso, Farah compró Picassos, Pollocks y Bacons como quien compra el pan. Montó la mayor colección de arte moderno fuera de Occidente. Hoy vale miles de millones de dólares. Pero tras la revolución, los ayatolás la consideraron “arte decadente”. No quemaron los cuadros por puro pragmatismo económico, pero los bajaron a los sótanos climatizados del Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, que había fundado Farah. Allí siguen hoy, en la oscuridad, protegidos del polvo en una celda de oro, pero prohibidos para el pueblo.
El final fue de una crudeza cinematográfica. El 16 de enero de 1979, el Sha pilotó su propio avión de salida mientras Farah llevaba una pequeña caja con tierra de su jardín. Se convirtieron en apátridas. Vagaron por Marruecos, Bahamas, México y Panamá. Jimmy Carter les negó la entrada en EE. UU. por miedo a la crisis de los rehenes de su embajada en Teherán. Nadie quería al hombre que lo había tenido todo. Solo Egipto les abrió la puerta para que el Sha muriera en paz. Farah se quedó sola con cuatro hijos y una corona de papel.
El exilio se cobró facturas que ningún diamante podía pagar. De sus cuatro hijos, dos no pudieron con el peso de la historia. Su hija Leila murió en 2001 por una sobredosis en Londres, y su hijo Ali Reza se pegó un tiro en Boston en 2011. Hoy le quedan Reza, el heredero que vive en Washington y sueña con volver a Irán como Sha, y su hija Farahnaz.

A sus 87 años, Farah vive entre París y Washington. Sigue siendo una diva de la moda y mantiene esa elegancia arquitectónica que aprendió en su buhardilla. Hollywood ya ha olido la fuerza de su historia: existen varios proyectos en marcha, destacando una serie de ficción producida por Serendipity Group que cuenta con el respaldo oficial de la propia Emperatriz. Ella misma supervisa ahora los guiones de su vida, consciente de que, en la era de las plataformas de ‘streaming’, esta puede ser su última contribución al futuro de Persia.
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Hoy, en 2026, la historia ha dado la última vuelta de tuerca. Las jóvenes de Teherán, las nietas de quienes la expulsaron, han empezado a mirar sus fotos antiguas. Buscan en Farah no a una reina, sino a una mujer que podía estudiar arquitectura, hablar de igual a igual con su marido o Andy Warhol y viajar por el mundo sin pedir permiso. El hilo azul de Dior se rompió hace mucho, pero la sombra de aquella estudiante que un día no tenía para el metro es hoy uno de los pocos refugios que le queda a la memoria de Irán.
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