El pedazo de Rusia que fue vendido a EEUU y que acabó siendo una mina de oro y de petróleo
Fue el lugar de reunión de Putin y Trump, desde hace menos de un siglo es Estado norteamericano, y alberga una de las reservas petrolíferas del mundo.

Cuando Estados Unidos compró Alaska a Rusia por 7,2 millones de dólares en 1867, la prensa lo ridiculizó llamándolo la “locura de Seward”, en honor a su impulsor, el secretario de Estado William H. Seward. Nadie imaginaba que aquel vasto territorio congelado se acabaría convertido en una mina literal de oro, petróleo y gas, además de en uno de las localizaciones más estratégicas del planeta.
Más de un siglo y medio después, el presente replicó la fotografía: el pasado 15 de agosto, Alaska fue el escenario del primer encuentro entre Donald Trump y Vladimir Putin desde el inicio de la guerra en Ucrania. Pero, ¿qué representa este gigantesco trozo occidental de América del Norte, y por qué es tan importante tanto geopolítica como económicamente?
Un Estado peculiar en todos los sentidos
Alaska es un territorio de contrastes. Se convirtió en Estado de EEUU hace relativamente poco, en 1959. Y además, es el más grande del país, superando en superficie a Texas, California y Montana juntos. Pero, paradójicamente, es también uno de los menos poblados, con apenas 730.000 habitantes. A su capital, Juneau, que no Anchorage, no se puede llegar por carretera, solo es accesible en avión o barco.
El nombre “Alaska” proviene del vocablo aleutiano Alyeska, que significa “la gran tierra”. Cuanto menos, hace honor a ese título: aquí se encuentra el Denali (o McKinley), la montaña más alta de Norteamérica con 6.190 metros, y más de 100.000 glaciares, que en conjunto almacenan alrededor del 5% del agua dulce del planeta. Curiosamente, el 72% de las carreteras no están asfaltadas y hay comunidades enteras que dependen de avionetas para recibir víveres. Sin embargo, todo esto no quita que históricamente medio mundo se haya vuelto “loco” con lo que se escondía debajo del suelo.
De fiebre dorada a fiebre negra
Pues bien aquella “locura de Seward” comenzó pronto. El hallazgo de oro en el afluente del río Klondike (Canadá) en 1896, y posteriormente en Alaska en 1902, marcó el inicio de una fiebre que atrajo a miles de buscadores de todas partes del globo. Entre ellos destacó el italiano Felice Pedroni, conocido en Estados Unidos como Félix Pedro, quien descubrió uno de los yacimientos más ricos del estado y fue considerado el fundador de la ciudad de Fairbanks, según algunos medios internacionales.
Con el paso de las décadas, Alaska consolidó su papel como reserva de materias primas. Alberga la mina de zinc Red Dog, una de las mayores del mundo, y el yacimiento de Prudhoe Bay, el más grande del país, con una capacidad inicial estimada de 25.000 millones de barriles de crudo.
Pero también, la región se sitúa en el centro del debate geopolítico. La administración Trump ha planteado revocar las limitaciones a las perforaciones de gas y petróleo, restricciones impuestas durante la presidencia de Joe Biden. Los planes se concentran en la Reserva Nacional de Petróleo de Alaska (NPR-A), un área de 23 millones de acres que colinda con el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico (ANWR), valiosísimo en biodiversidad.
A ello se suma la reactivación del proyecto Alaska LNG, una inversión de 44.000 millones de dólares que contempla un gasoducto de 1.300 kilómetros para transportar gas desde North Slope hasta la costa sur, donde se licuará para su exportación a Asia. Japón, Corea del Sur y Taiwán figuran entre los principales destinatarios, en un movimiento que busca reducir la dependencia energética de Rusia.
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Así, Alaska es hoy fuente de recursos, escenario de tensiones energéticas y espacio simbólico donde se cruzan historia y geopolítica. Y ahora con la reunión ruso-estadounidense entre mandatarios, su carga simbólica también es notoria.
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