El día que Julio César decidió reiniciar el tiempo: el año más largo de la historia duró 445 días
En el 46 a.C., Roma vivió un año que parecía no terminar nunca. Julio César y un astrónomo egipcio añadieron meses extra para corregir siglos de errores y sincronizar las estaciones. Así nació el calendario juliano, base del que usamos hoy.


¿Sabes que hubo un año que duró 445 días? No es un invento, pasó en Roma en el 46 a.C., y lo llamaron “el año de la confusión”. Julio César, cansado de que las fiestas de primavera cayeran en pleno verano, decidió que ya estaba bien de que el calendario fuera un desastre. Los romanos seguían un calendario lunar que dependía del humor y los intereses políticos de los pontífices, y claro, las estaciones iban por libre. Un agricultor podía estar celebrando la siembra cuando el sol abrasaba durante el mensis Sextilis (agosto). Y claro, así no había manera de planificar nada.
César, que además de general era pontífice máximo, pidió ayuda a un sabio egipcio, Sosígenes de Alejandría, y debió decirle algo muy similar a lo siguiente: “Hazme un calendario que no sea un caos”. Sosígenes, que venía de una cultura que llevaba siglos midiendo el tiempo con el sol, le dio la solución sin titubear: año solar en vez de ciclos lunares, 365 días y un cuarto, y cada cuatro años, un día extra. Fácil, ¿no? En teoría sí, pero en la práctica no lo fue tanto, porque había que arreglar el lío acumulado. Para cuadrar las cuentas, César metió meses extra como quien añade prórrogas en un partido. El mes intercalar habitual, Mercedonius, que ya se usaba para ajustar el calendario lunar y que duraba unos 23 días, y dos meses más, uno de 33 y otro de 34 días. Resultado: un año que se fue hasta los 445 días.
El día a día en el Imperio Romano fue bastante caótico durante esos meses. Trámites burocráticos y pagos fijos, como un alquiler, se convirtieron en un problema. El inquilino querría pagar un año y el dueño cobrar un año y medio. Un año ‘extra largo’ complicaba cualquier acuerdo basado en el tiempo. Las fiestas religiosas se hicieron eternas, los contratos se volvieron un sudoku y los chistes corrían por las tabernas. Algunos historiadores especulan sobre la posibilidad de que César aprovechara el caos para adelantar plazos legales y cobrar más impuestos. Política en estado puro, aunque no hay ningún documento que lo confirme. Pero al final, el invento funcionó: en el 45 a.C. nació el calendario juliano, que se usó en Occidente hasta que llegó el gregoriano en 1582 para ajustar con más precisión los años bisiestos, que con el Juliano añadían un día incorrecto cada 128 años. Por ejemplo, cuando se implantó en 1582, en España se saltó del 4 al 15 de octubre y esos días no existieron. En algunos países, como Rusia, el juliano siguió en vigor hasta el siglo XX.

Y aquí vienen las curiosidades que hacen la historia aún más jugosa. Siglos antes de todo este lío, Roma solo contaba diez meses: empezaba en marzo y terminaba en diciembre. Los 61 días de invierno ni se numeraban. Fue Numa Pompilio, segundo rey de Roma, quien añadió enero y febrero en el año 713 a.C., y lo hizo evitando los números pares porque daban mala suerte. Para que el año sumara 355 días (número impar), que era la duración del año romano, dejó febrero en 28 días. Durante siglos, los pontífices habían manipulado el calendario para favorecer sus intereses sin preocuparse de los desajustes que iban acumulando. Si tu mandato terminaba en diciembre, bastaba con intercalar un Mercedonius para alargar el año y así tener más tiempo en el cargo. Así que César no solo arregló las estaciones, también eliminó un arma política.
El objetivo era alinear el 31 de diciembre con el solsticio de invierno. Por eso el 1 de enero del 45 a.C. arrancó con el calendario juliano perfectamente sincronizado con el sol. Y todo gracias a Sosígenes, que trajo el modelo egipcio y convenció a César de que había que empezar de cero. Añadir 80 días extra fue como meter dos meses y medio de prórroga en la liga. Todo para que la primavera volviera a ser primavera y no un carnaval en Quintilis (julio). Curiosamente, ese mes fue renombrado como Iulius por el Senado en el 44 a.C., tras el asesinato de Julio César. Era el mes de su nacimiento y de muchas de sus mayores victorias. Así que, hasta hoy, julio conmemora a Julio César. Solo hay otro mes que recuerda a un personaje histórico. Es agosto, que se rebautizó así en el 8 a.C. en honor a César Augusto. Los dos personajes más decisivos en la historia de Roma siguen vivos en el calendario.
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Así que la próxima vez que mires un almanaque, acuérdate de César y de aquel año interminable. Porque detrás de cada fecha hay una historia, y esta es de las buenas: un año que duró 445 días para que el tiempo volviera a tener sentido.
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