Sociedad

Cuerno Verde, el gran jefe comanche que desafió a España y murió en las faldas de las Rocosas en una historia de western

Durante décadas, los comanches fueron los señores de las llanuras, hasta que un gobernador nacido en Sonora ideó una ruta imposible para acabar con su jefe más temido. Una historia de caballos, mosquetes y diplomacia que marcó el futuro del norte de Nueva España.

Bailarines comanches se preparan para bailar en el Ceremonial Intertribal Indio de Gallup, Nuevo México.
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Mariano Tovar
Empezó a trabajar en AS en 1992 en la producción de especiales, guías, revistas y productos editoriales. Ha sido portadista de periódico, redactor jefe de diseño e infografía desde 1999 y pionero en la información de NFL en España con el blog y el podcast Zona Roja. Actualmente está centrado en la realización de especiales web e historias visuales
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Antes de contar nuestra historia, un paso atrás para entender el contexto. Los comanches eran los jinetes que mandaban en las Grandes Llanuras durante la segunda mitad del siglo XVIII. No formaban un reino con capital y parlamento, sino una constelación de bandas con lengua y cultura comunes que, a golpe de caballo, comercio y guerra, convirtieron una franja enorme —de Texas al Arkansas y de Nuevo México a Colorado— en un imperio nómada. Lo que se llamó la Comanchería. Por algo los conocían como los señores de las llanuras. Su fuerza nacía del caballo, de la diplomacia y de esa economía móvil que se alimentaba del bisonte y de rutas de intercambio. Y aunque hoy algunos historiadores matizan que su poder fue más “inestable” y dependiente de alianzas de lo que se suele contar, durante décadas fueron los responsables del miedo que se respiraba en las fronteras españolas del norte.

El protagonista de nuestra historia es Cuerno Verde. En 1768, cerca de Ojo Caliente, al norte de Nuevo México, un gran jefe comanche cayó ante fuego español. Su hijo heredó su nombre, su penacho con cuernos pintados de verde, símbolo de su rango y ferocidad, y un juramento: vengar a su padre. Su nombre indígena era Tabivo Naritgant, que significa ‘Hombre Peligroso’, y desde que tomó el mando convirtió la frontera en un campo de batalla. Lanzó incursiones rápidas, golpes de mano y ataques a los asentamientos de Nuevo México que obligaron a Madrid a mover ficha. Para los españoles era el enemigo más temido; para los suyos, un gran jefe que encarnaba el orgullo comanche.

Cuerno Verde, el gran jefe comanche que desafió a España y murió en las faldas de las Rocosas en una historia de western
Partida de guerra comanche en marcha, completamente equipada, 1846-1848. Artista: George Catlin.Heritage Images

La respuesta tuvo nombre y método: Juan Bautista de Anza. Gobernador de Nuevo México desde 1777, hijo de exploradores y veterano de las campañas del norte. Se curtió en los míticos dragones de cuera, tropas de caballería ligera que vigilaban las rutas desde Texas hasta California, pasando por Sonora, Nuevo México y Arizona. Su nombre venía de la chaqueta de cuero que les protegía de las flechas. Anza no era un burócrata: pensaba a caballo. Nacido en Sonora, criado en la frontera, sabía que contra los comanches no bastaba con levantar muros. Había que salir a buscarlos, sorprenderlos y elegir el terreno.

Las expediciones anteriores contra los comanches habían fracasado porque todas recorrían las mismas rutas y los comanches los veían venir. Anza decidió desaparecer por la noche y reaparecer por donde no le esperaban. El 15 de agosto de 1779, partió de Santa Fe con entre 600 y 800 hombres (las cifras cambian según las fuentes), aliados ute y apaches y miles de caballos. El diario de la campaña habla de cerca de 2.500. A partir de ahí, se movieron con el mismo sigilo que los comanches. Marcharon de noche por el Valle de San Luis, cruzaron el río Arkansas casi de puntillas, y dieron un giro para embotellar a Cuerno Verde cuando regresara de sus correrías.

El primer choque llegó el 31 de agosto, cuando las tropas españolas atacaron un campamento comanche. Entonces Anza confirmó que Cuerno Verde estaba lejos, en una incursión hacia Taos, y cambió el rumbo a toda velocidad. El plan era sencillo y cruel: cerrarle la salida hacia las llanuras y obligarle a pelear en el terreno que los españoles habían elegido.

Cuerno Verde, el gran jefe comanche que desafió a España y murió en las faldas de las Rocosas en una historia de western
Aldea comanche, mujeres arreglando túnicas y secando carne, 1834-1835. Artista: George Catlin.Heritage Images

Los dos ejércitos se divisaron al atardecer del 2 de septiembre. La batalla decisiva tuvo lugar el 3 de septiembre de 1779, cerca del río Arkansas, en las faldas de la actual Greenhorn Mountain, llamada así por el jefe comanche. Anza lo cuenta en su diario con frialdad: “acorralamos al jefe en una ciénega y allí cayó con su hijo y los principales”. Así murieron Cuerno Verde, su primogénito y cuatro jefes más, junto a dos docenas de guerreros. Los españoles solo sufrieron una baja según el diario de Anza. No fue un duelo caballeresco; fue una pelea corta y salvaje, de mosquetes contra flechas, caballos cruzando como relámpagos, y un penacho verde que se convirtió en trofeo.

Anza llevaba tiempo describiéndolo como “escoria cruel” y anotando atrocidades que hoy no todos aceptan sin discusión. De hecho, los comanches modernos recuerdan a Tabivo como uno de los grandes jefes de su historia. Lo que sí está documentado es el destino del trofeo. El tocado de Cuerno Verde salió del campo de batalla como prueba de la victoria hacia el virrey, de ahí al rey Carlos III que se lo regaló al Papa Pío VI en 1780. Desde entonces, la pieza forma parte de la colección etnográfica del Museo Vaticano, donde sigue expuesta.

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El golpe no acabó con los comanches, pero les quitó la iniciativa en esa frontera durante un tiempo. Las incursiones bajaron el tono en la zona y, con los años, se llegaría a una paz firmada en 1786, el tratado de Pecos, cuando españoles y comanches pactaron la paz más duradera de la historia de la frontera: más de tres décadas de diplomacia. Se estableció un comercio regulado en puntos concretos, reuniones periódicas para resolver conflictos, y los españoles hasta aceptaron que los comanches hicieran incursiones limitadas en su territorio a cambio de una alianza contra los apaches. En el mapa quedó el recuerdo: Greenhorn Mountain, Greenhorn Valley… y una línea que sube desde Santa Fe, dobla por el río Arkansas y baja hacia las faldas de las montañas en Colorado: esa ruta envolvente que siguió un gobernador que supo pensar a la vez como soldado español y guerrero comanche.

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