Astrid Gil-Casares: “Quiero que cualquier lector se excite mental y sexualmente”
La autora de “No digas nada” nos muestra cómo han evolucionado las relaciones personales y cómo el dolor y el sexo pueden llegar a ir de la mano como modo de sanar.


Cuando miras a Astrid Gil-Casares (Madrid, 1973), sabes que es una de esas mujeres a las que la cabeza le bulle. Está pensando en su próximo proyecto, en una nueva creatividad, pero sobre todo, quiere conocer, saber, preguntar. Tras tres libros y un guion de una película, ‘Nadie me contó’, ‘Ese jueves al anochecer me subí al tren’, ‘No digas nada’ (su última novela), y el guion de ‘Qué te juegas’, será en otoño cuando su próximo proyecto vea la luz.
No se define por ser hija de (su padre es el ingeniero naval Santiago Gil-Casares Armada y su madre la aristócrata francesa Catherine Marlier), o mujer de, reivindica su propia esencia, no sólo a través de sus palabras, de sus textos, también de lo que no dice, de lo que nos hace imaginar y preguntarnos. Es ella, Astrid, madre de tres adolescentes, con quien la charla fluye desde el primer hola y el primer abrazo, y con hablamos durante horas de su última novela, ‘No digas nada’, donde el duelo por la muerte de la madre de la protagonista se mezcla con una relación intermitente por todo el mundo con una alta dosis de sexo y erotismo. Una novela que te hace viajar, pensar, replantearte los finales felices y la soledad, deseada o no.

Pregunta - Alana, la protagonista de su novela, vive una soledad marcada por el duelo y el deseo. ¿Cree que en las relaciones de pareja, el deseo puede sobrevivir a la tristeza o incluso surgir de ella?
Respuesta - Depende mucho del origen de esa tristeza y también del periodo en el que se encuentre esa relación. En mi caso, tuve una pareja que perdió a un íntimo amigo en un accidente y, ese dolor que también le produjo frustración y rabia, le hizo buscar un sexo más rudo y más egoísta, que me excitó mucho. En el caso de Alana y Hugo (los protagonistas de mi novela), la tristeza que cada uno está pasando les hace buscar una relación física como si ese placer pudiera curar ese otro dolor.
P - La novela no es una historia de amor convencional, sino una historia de “enganche erótico”. ¿Qué te llevó a explorar esta dimensión en lugar de un vínculo romántico más tradicional?
R - El origen de la novela surge por el sufrimiento después de una muerte y quería un sentimiento de contraposición igual de crudo que la muerte. Lo que me vino de forma instintiva fue el deseo sexual.
P - ¿Qué papel juega el dinero en las relaciones de pareja según tu experiencia y lo que reflejas en la novela? ¿Crees que sigue siendo un factor de control, especialmente para las mujeres?
R - El dinero juega un papel importantísimo. O por lo menos en el entorno en el que yo me muevo. De todas formas, ya lo decía Disney en Aladino: “¿Sabes cuál es la regla del oro? Aquel que tiene el oro pone las reglas”.
Si bien te diré una cosa: en mi experiencia, la diferencia entre James Bond y Dr. No es mucha más fina de lo que imaginamos, pero una de las cosas que la marca es que Bond nunca utilizaría el dinero para controlar a la persona que ama.

P - Alana se enfrenta a la pérdida de su madre, a la madurez y a la presión social. ¿Crees que la felicidad en la vida adulta pasa necesariamente por romper con las expectativas impuestas?
R - Llegar a la edad en la que me encuentro mola mucho. Siento una libertad que no había tenido nunca en mi vida. No tanto por romper expectativas impuestas, sino por romper las que yo misma me había puesto. Es cierto que he tenido la suerte de cumplir muchas de las cosas que deseaba en la vida, y quizá por eso sea más fácil para mí. Pero también hay otras que nunca ocurrieron, y he tenido que adaptarme y aceptar que no ocurrirán. Muchas veces decimos que es “la supervivencia del más fuerte”, pero en realidad es “la supervivencia del que mejor se adapta”. Aunque, dicho esto, creo que ser fuerte en la vida, y estar preparado, también son muy importantes.
P - ¿Necesitamos los lectores finales felices? ¿Qué te llevó a elegir el tono y desenlace de ‘No digas nada’?
R - Yo creo que hay novelas y lectores para muchos gustos. En general, puede que sea más fácil y más satisfactorio, o más bien te deja mejor sabor de boca, un final feliz. Pero hay un cierto tipo de historias, como en la vida, que no siempre acaba como deseas. No sabes si es mejor o peor; simplemente, no como lo habías imaginado inicialmente.
P - Ha dicho que “la gente que me quiere preferiría que no hablara”. ¿Escribir esta novela fue un acto de rebeldía, de liberación o de necesidad?
R - Tengo la sensación de que doy una imagen de una mujer mucho más rebelde de lo que realmente soy. No fue ni un acto de rebeldía, ni de revelación, ni de necesidad. Fue lo que en ese momento me salió escribir, sin más. Nunca he buscado hacer algo simplemente por rebelarme. Busco hacer las cosas porque en ese momento es lo que deseo. Puede que ese deseo no sea lo que la gente espere de mí, pero eso no lo pienso. Yo pienso en qué es lo que yo deseo y actúo en consecuencia. Tengo la suerte de que, en general, no me ha importado lo que digan de mí. Nunca. Bueno, no desde mi adolescencia. Alana y yo tenemos eso en común.
P - ¿Qué le gustaría que sintiera una mujer al leer ‘No digas nada’? ¿Hay una reivindicación de la sensualidad y el deseo en una etapa madura de la vida?
R - No, la verdad es que con la novela no busco ninguna reivindicación. Lo que quiero es que el lector (sea mujer u hombre) piense y sienta con la misma intensidad. Que las reflexiones le hagan dialogar con su propia vida, sus decisiones y sus deseos, y que se excite con las escenas eróticas. Es un libro fácil de leer, pero me gusta cuando me dicen que les ha hecho desear y también cuestionarse. Quiero que cualquier lector se excite mental y sexualmente.
P - ¿Cree que el silencio, ese “no digas nada”, es una forma de violencia social hacia las mujeres que deciden vivir fuera de la norma?
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R - El “No digas nada” se aplica también a los hombres. El famoso dicho de “Never complain. Never explain” es tanto para los hombres como para las mujeres. Es una actitud de vida con la que, en muchos casos, estoy muy de acuerdo. Aunque sí es cierto que tengo la sensación de que las mujeres, a veces, sentimos que debemos justificarnos más. Al menos, yo me veo explicándome mucho más que los hombres de mi alrededor.
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