Así es el poder militar del Ejército de Venezuela: ¿cuántos soldados, aviones, carros de combate y barcos tienen las FANB?
Un análisis detallado del ejército venezolano: cifras reales de tropas, tanques, cazas y buques, su capacidad para resistir en un conflicto prolongado y los retos que enfrenta ante un ataque como el de Estados Unidos.


Hubo un tiempo en que Venezuela era la niña bonita del Caribe militar. No es exageración: en los años 80, sus pilotos entrenaban en bases estadounidenses y volaban F‑16 Block 15, los mismos que rugían en los cielos de la OTAN. Aquella compra fue histórica: 16 F‑16A y 8 F‑16B, con pilotos formados en Arizona que regresaron convencidos de que Caracas podía mirar de tú a tú a cualquier vecino.
Pero los años pasaron, llegaron las sanciones, la ruptura con Washington y la falta de repuestos. Hoy, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) es un gigante con pies de barro: mucho número, mucho terreno, pero también muchas grietas. Sobre el papel, impresiona: 109.000 efectivos activos, unos 8.000 reservistas y una milicia que oscila entre 220.000 y 500.000 voluntarios (el Gobierno llegó a hablar de 4,5 millones, pero nadie serio se cree esa cifra). A esto se suman Guardia Nacional y cuerpos auxiliares. Es una estructura pensada para la defensa territorial, no para proyectar poder lejos de casa.
El arsenal terrestre parece sacado de un viejo catálogo con páginas arrancadas: 92 T‑72B1 rusos, 81 AMX‑30V franceses, 78 Scorpion‑90 británicos y 31 AMX‑13. Blindados: 123 BMP‑3 y 114 BTR‑80A. Artillería: 48 Msta‑S autopropulsados, lanzacohetes BM‑21 y BM‑30 Smerch. Y en defensa antiaérea, nombres que suenan a videojuego: S‑300VM, Buk‑M2, Pechora‑2M y más de 200 cañones ZU‑23. Sobre el papel, es un arsenal respetable. El problema es que no todo funciona como debe.
Porque aquí está la verdad incómoda: muchos de esos blindados son veteranos de otra era. Los AMX‑30 franceses y los Scorpion británicos llevan décadas en servicio, aunque Venezuela ha intentado darles una segunda vida con sistemas de tiro digitales y visores térmicos. Los Scorpion, por ejemplo, fueron reparados y modernizados en 2021 tras años de abandono. ¿Sirven? Sí, para patrullas rápidas y apoyo en montaña. ¿Son rivales para un Abrams o un Leopard? Ni en sueños. Los T‑72 rusos son la columna vertebral del blindaje pesado, pero dependen de repuestos que llegan con cuentagotas. Cada modelo habla un idioma distinto y exige cadenas logísticas independientes, lo que hace que cualquier esfuerzo amplio colapse por las sanciones que sufre el país.

Por eso la FANB apuesta por lo que puede controlar: movilidad ligera, guerra irregular y un terreno que es su mejor aliado. Selva amazónica, cordilleras, ríos imposibles y un clima que convierte cualquier avance mecanizado en una pesadilla. En 2024 inauguraron la Escuela de Operaciones en Selva, según comunicados oficiales, como parte de su estrategia para preparar tropas en combate irregular. Y el ministro Vladimir Padrino López lo dijo claro en un acto reciente: la defensa se basa en la “guerra de todo el pueblo”, una doctrina pensada para desgastar al invasor durante meses.
Quizá, su as en la manga sea que la FANB está en actividad constante, aunque no toda la estructura se mueve al mismo ritmo. Las operaciones Escudo Bolivariano e Independencia 200 despliegan tropas cada semana en zonas calientes contra narcotráfico y grupos irregulares. El músculo real está en las URRA, unidades de reacción rápida que actúan como comandos para golpes quirúrgicos, y en cuerpos especiales como la UOTE, entrenada para operaciones tácticas complejas. Son los que se ensucian las botas en Apure, Arauca o la frontera con Colombia, donde los choques con bandas armadas son frecuentes. No son batallas épicas, pero sí fuego real.
La aviación, en cambio, es la sombra de lo que fue. De aquellos F‑16 que hicieron historia, quedan operativos tres F-16A monoplaza y un F-16 B biplaza, sin capacidad aire‑tierra y con armamento no guiado. La joya actual son los Su‑30MK2 rusos. De los 24 que recibieron entre 2006 y 2008 las fuentes más fiables aseguran que quedan 11 o 12 con capacidad para combatir. Son polivalentes y modernos, pero insuficientes para sostener una campaña aérea. El resto son entrenadores chinos K‑8 y helicópteros para transporte. Más del 50 % de los radares de largo alcance están inoperativos. En caso de conflicto, la FANB apostaría por negar el espacio aéreo con misiles tierra‑aire, no por dominarlo con cazas.

¿Y la Armada? Pues aquí la foto es aún más modesta. Venezuela se dio un capricho en tiempos de bonanza y compró a España cuatro corbetas Avante 2200 construidas por Navantia entre 2010 y 2012: Guaiquerí, Warao, Yekuana y Kariña. Hoy solo la Kariña está operativa, tras pasar por mantenimiento en 2022–23. Es un buen barco: 98,9 metros de eslora, 2 419 toneladas, autonomía para 3 500 millas náuticas y cubierta con hangar para helicóptero. Perfecto para patrullar la ZEE, pero no para mandar en el Caribe. Las otras tres están KO: la Warao encalló en Brasil y nunca volvió, Guaiquerí y Yekuana llevan años amarradas por falta de mantenimiento y problemas técnicos graves. Sus dos submarinos Type 209, veteranos de los años 70, y sus viejas fragatas Lupo, también duermen el sueño eterno en dique seco. Si la guerra se extiende al mar, la FANB no tiene cómo sostener una batalla naval. El resto son patrulleras y lanchas iraníes Peykaap III, mosquitos frente a cualquiera de las siete flotas que EE. UU. mantiene activas.
A todo esto se suma un enemigo silencioso: el presupuesto. El gasto militar cayó del 1,6 % del PIB en 2020 a apenas 0,6 % en 2022, según datos del Banco Mundial. Sin dinero, no hay mantenimiento, no hay modernización y no hay ejercicios conjuntos. Y eso se nota: altos niveles de corrupción, deserciones y falta de maniobras combinadas hacen que el ejército sea más “capaz sobre el papel” que una fuerza cohesionada. Los sueldos rondan los 100 dólares mensuales, según informes internacionales, lo que erosiona la moral y alimenta la fuga de personal.
¿Podría resistir una invasión? Depende de qué entendamos por “resistir”. Frente a una fuerza convencional como la que EE.UU. ha desplegado en el Caribe en 2025 (portaviones, F‑35, drones MQ‑9), Venezuela no tiene opciones en combate abierto. Pero en guerra irregular, en selvas y ciudades, podría prolongar el conflicto durante meses, incluso años. Y eso es lo que busca su doctrina: hacer que cualquier invasión sea tan costosa que nadie quiera pagarla. Los análisis de RAND y otros centros coinciden: sería una guerra rápida en lo convencional, seguida de una insurgencia prolongada y sangrienta.
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La FANB es como un guerrero con armadura remendada: mezcla de acero ruso, francés y británico, con piezas que chirrían y otras que brillan. Tiene músculo en número y terreno, pero le falta engrase, cohesión y aire para pelear en igualdad. Si mañana Trump cumple su amenaza y manda tropas, no será un paseo, pero tampoco una guerra convencional. Será un laberinto de selva, emboscadas y desgaste. Y ahí, Venezuela juega su última carta: la paciencia.
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