Quién es Alí Jamenei, el Líder Supremo de Irán que sucedió a Jomeini en 1989 y continuó la Revolución Islámica
Se ha enfrentado a sanciones, aislamiento, tensiones internas, demandas crecientes de cambio político y social, y una última guerra con Israel y presión de Trump.


La figura de Alí Jamenei, omnipresente en la arquitectura del poder iraní desde 1989, se ha ido encapsulando en un universo político e ideológico cada vez más distante de la vida cotidiana de los iraníes. Mientras el Líder Supremo insiste en un relato de resistencia, autosuficiencia y pureza revolucionaria, el país lidia con sanciones asfixiantes, desigualdad creciente y una sociedad joven que ya no reconoce en ese discurso su propia experiencia. Esa brecha revela un liderazgo que, pese a su control férreo del sistema, parece más anclado en la épica de 1979 que en las urgencias del siglo XXI. Y la tensión y foco internacional no cesan.
Alí Jamenei (Ali Khamenei), nacido en Mashhad en 1939; es, desde 1989, la figura central del poder en la República Islámica de Irán, como segundo Líder Supremo tras Ruhollah Jomeini. Su trayectoria combina formación religiosa tradicional chií, militancia revolucionaria y una larga carrera política que incluye la presidencia de la república entre 1981 y 1989, antes de ser elegido Guía por la Asamblea de Expertos tras la muerte de Jomeini. Ha supervisado tanto la política interior como la proyección geoestratégica de Irán en Oriente Medio.

Formación, redes de poder y ascenso al liderazgo
Jamenei procede de una familia de ulemas (eruditos y doctores de la ley islámica, la Sharía); su padre era un líder religioso local en Mashhad, y él mismo estudió en seminarios de Mashhad, Najaf y Qom, bajo la tutela de ayatolás como Hossein Borujerdi y el propio Jomeini. Esta formación le permitió tejer redes dentro del clero chií y legitimarse como mujtahid (jurista islámico experto), aunque muchos expertos subrayan que, a diferencia de Jomeini, su autoridad religiosa fue inicialmente más discutida y se apoyó en un consenso político entre las élites revolucionarias más que en un consenso teológico pleno.
Su paso por Najaf y Qom también lo conectó con círculos islamistas transnacionales y con la idea de un islam político militante, que luego marcaría la doctrina de la República Islámica.
En los años previos a la Revolución de 1979, Jamenei fue un estrecho colaborador de Jomeini, participó en actividades clandestinas contra el sha y sufrió detenciones y persecución por parte del SAVAK (el servicio de inteligencia y seguridad interior de Irán entre 1957 y 1979, durante el reinado de Mohammad Reza Pahlevi).
Tras el triunfo revolucionario, ocupó cargos clave: diputado en la primera Asamblea Consultiva Islámica, miembro de la Asamblea de Expertos y, sobre todo, presidente de la república entre 1981 y 1989, en plena guerra Irán‑Iraq.
Esta experiencia ejecutiva, junto con su lealtad a Jomeini y su capacidad para mediar entre facciones, fue decisiva para que la Asamblea de Expertos lo eligiera Líder Supremo en junio de 1989, pese a no ser entonces gran ayatolá en el sentido clásico.

Continuidad de la Revolución Islámica y consolidación del sistema
Como Líder Supremo, Jamenei ha sido el garante de la continuidad del proyecto revolucionario: un sistema teocrático‑republicano basado en la doctrina de la velayat‑e faqih (tutela del jurista islámico), con fuerte desconfianza hacia Occidente y énfasis en la “resistencia” frente a Estados Unidos e Israel.
Bajo su liderazgo, se han reforzado instituciones de control como el Consejo de Guardianes y el Consejo de Conveniencia, y se ha consolidado el papel del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) como actor militar, económico e ideológico central.
Estudios académicos sobre la política iraní destacan cómo Jamenei ha perfeccionado un sistema de “equilibrio de facciones”, permitiendo cierta competencia entre conservadores, pragmáticos y reformistas, pero manteniendo siempre la última palabra en cuestiones estratégicas como el programa nuclear, la política regional y la seguridad interna.
Expertos como los analistas de Encyclopaedia Britannica subrayan que su liderazgo ha sido más colegiado y menos carismático que el de Jomeini, apoyándose en redes institucionales, en los servicios de seguridad y en el CGRI para gestionar crisis como las protestas estudiantiles de 1999, el Movimiento Verde de 2009 o las movilizaciones más recientes contra el régimen. Esta combinación de represión selectiva, cooptación de élites y control ideológico ha permitido la supervivencia del sistema, aunque al precio de una creciente brecha entre el Estado y amplios sectores de la sociedad iraní.
El presidente de EEUU caerá. pic.twitter.com/mG0xZ2KxNJ
— Ayatolá Jameneí (@es_Khamenei) January 10, 2026
Geoestrategia: eje de resistencia y proyección regional
En el plano internacional, Jamenei ha sido el principal estratega de la política exterior iraní, articulando la idea de un “eje de resistencia” frente a Estados Unidos, Israel y sus aliados regionales. Bajo su guía, Irán ha desarrollado una red de aliados y grupos afines (Hezbolá en Líbano, milicias chiíes en Irak, apoyo al gobierno de Bashar al‑Asad en Siria, vínculos con los hutíes en Yemen) que le permiten proyectar poder asimétrico en la región y disuadir ataques directos contra su territorio. Estudios sobre la seguridad en Oriente Medio destacan que esta estrategia también ha alimentado rivalidades con Arabia Saudí, Israel y otros estados del Golfo. Acuerdos y filias que resultaron en un 2025 aciago para su país tras la guerra de los 12 días contra Israel.
El programa nuclear iraní es otro eje central de su legado geoestratégico. Jamenei ha defendido públicamente que Irán no busca armas nucleares por razones religiosas y éticas, pero ha insistido en el derecho soberano del país a desarrollar tecnología nuclear civil y capacidades de disuasión avanzadas. Su papel fue decisivo tanto en la autorización de las negociaciones que llevaron al acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) como en la respuesta tras la retirada de Estados Unidos en 2018, permitiendo una escalada gradual del enriquecimiento de uranio como instrumento de presión.

Relaciones con líderes y bloques internacionales
En cuanto a relaciones personales y políticas, Jamenei ha cultivado una cercanía estratégica con líderes de países que comparten intereses con Irán frente a la hegemonía estadounidense. Durante su mandato, Teherán ha estrechado lazos con Rusia(especialmente bajo Vladimir Putin) en ámbitos militares, energéticos y diplomáticos, como se ha visto en la coordinación en Siria y en la cooperación en foros como la Organización de Cooperación de Shanghái. También ha impulsado una relación cada vez más densa con China, que se ha traducido en acuerdos de largo plazo en energía, infraestructuras y tecnología, enmarcados en la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
En el mundo musulmán, Jamenei ha mantenido relaciones complejas: por un lado, rivalidad con Arabia Saudí y otros monarquías del Golfo; por otro, sintonía con gobiernos y movimientos que comparten una agenda antioccidental o islamista, como Siria bajo Asad o ciertos sectores en Irak y Líbano. Su relación con los distintos presidentes iraníes (Rafsanjani, Jatamí, Ahmadineyad, Rouhani, Raisi)ha oscilado entre la cooperación táctica y la tensión, pero siempre bajo la premisa de que el Líder Supremo fija las líneas rojas de la política exterior y de seguridad.
Cultura política, imagen pública y debates sobre su legado
Más allá de la geopolítica, Jamenei ha cultivado una imagen de líder religioso‑intelectual, aficionado a la poesía y la literatura, organizando encuentros con poetas y utilizando referencias literarias en sus discursos, algo relativamente inusual entre clérigos de alto rango. Esta faceta cultural refuerza su perfil como guía moral, aunque para sus críticos no compensa el carácter autoritario del sistema que dirige.
Investigaciones académicas y biográficas destacan que su legado estará marcado por una paradoja: ha garantizado la continuidad de la Revolución Islámica y ha convertido a Irán en una potencia regional influyente, pero también ha presidido un periodo de sanciones, aislamiento parcial, tensiones internas y demandas crecientes de cambio político y social.
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Su sucesión se percibe como un momento crítico que pondrá a prueba la resiliencia del sistema que él ha consolidado durante más de tres décadas. La pregunta es si el Irán post‑Jamenei seguirá apostando por la lógica de resistencia y proyección regional asimétrica, o si se abrirá a una reconfiguración más pragmática de su lugar en el orden global.
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