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MLB 2026: dobles y triples desaparecen mientras el juego profundo redefine el béisbol

El beisbol de Grandes Ligas arranca con una drástica reducción de jugadas en los callejones que le restan espectacularidad al juego

El promedio combinado de dobles y triples por partido en la MLB en 2025 cayó a su punto más bajo en una temporada completa desde 1989.
Jayne Kamin-Oncea
Ariel Velázquez
Redacción A USA
Especialista en periodismo deportivo con vocación en investigación y en artículos de largo aliento.
Estados Unidos Actualizado a

Esta tarde, cuando la bruma de la bahía de San Francisco comience a juguetear con las luces del Oracle Park y se cante el playball de la temporada 2026, la mirada del espectador promedio viajará de forma instintiva hacia el plato. Buscan el estruendo, el latigazo de Aaron Judge que ponga a orbitar la costura o la redención de un Rafael Devers que busca dejar atrás su pasado en Fenway Park. Sin embargo, hay un nuevo drama en el beisbol moderno que amenaza con matar la espectacularidad del juego.

Hace no mucho tiempo, el Rey de los deportes estaba lleno de batazos que partían el diamante en dos, que obligaban al jardinero a una persecución agónica contra la pared mientras el corredor doblaba la primera base con los ojos encendidos. Esas jugadas con vértigo se han convertido en una rareza en el beisbol moderno. Hoy iniciaremos una campaña donde los batazos bautizados como doble y el triple saldrán con la etiqueta de peligro de extinción.

Batazos a la baja

En 2025, la liga registró apenas 3.19 dobles por encuentro, la cifra más baja desde 1992 en temporadas completas. En una década, casi 800 dobles se esfumaron. Los triples, más frágiles por naturaleza, ya no son una rareza, son una reliquia. Su promedio cayó al nivel más bajo en la historia moderna de las Grandes Ligas.

Hubo un tiempo en que nombres como Willie Wilson, Garry Templeton o George Brett convertían el outfield en territorio de vértigo. La pelota caía entre dos sombras y el estadio entero contenía la respiración. Hoy, esa misma pelota suele morir en un guante que ya estaba ahí antes de que el swing ocurriera.

La explicación está en la geometría.

Los jardines han retrocedido. No físicamente, sino en la forma en que se ocupan. Desde 2015, los jardineros centrales se colocan en promedio 3.35 metros más atrás. Los jardineros izquierdo y derecho se encuentran a 1,5 y 0,9 metros más atrás, respectivamente, de acuerdo con cifras presentadas por The Wall Street Journal.

El beisbol moderno decidió que el daño real no está en permitir sencillos, sino en evitar extrabases. Un hit aislado es una anécdota. Dos, una coincidencia. Tres, una excepción estadística. Pero un doble cambia la entrada. Un triple rompe el inning.

Esa lógica ha redibujado el campo sin mover una sola línea de cal.

Los equipos llenos de datos y probabilidades, han entendido que el riesgo está en el espacio. Han comprimido los callejones, han borrado los huecos, han convertido el outfield en una extensión calculada del algoritmo.

El resultado es un beisbol más contenido. Más limpio en apariencia, más eficiente en ejecución, pero también más predecible en sus desenlaces intermedios. El jonrón sobrevive porque es inevitable. El sencillo persiste porque es tolerable. Pero el doble, ese punto exacto entre potencia y oportunidad, se está quedando sin territorio.

Y con él, se diluye una de las formas más puras de tensión en el juego.

El promedio combinado de dobles y triples por partido en la MLB en 2025 cayó a su punto más bajo en una temporada completa desde 1989.

Un doble no es sólo un batazo. Es una decisión en movimiento. Es el corredor doblando la inicial con la mirada fija en la pelota, es el jardinero girando sobre sí mismo, es el coach de tercera midiendo el riesgo en una fracción de segundo. Es caos organizado.

Un triple es todavía más. Es la derrota momentánea de la defensa perfecta.

Por eso, dentro de las oficinas de Major League Baseball, la conversación ya no es silenciosa. La liga ha intervenido antes. Lo hizo con el reloj de pitcheo, lo hizo al limitar los shifts en el cuadro. El juego cambió, se aceleró, recuperó ritmo.

Ahora el dilema es otro.

¿Cómo devolverle los dobles y triples?

Las ideas flotan. Desde mover bardas hasta redibujar líneas de foul. Pero hay una que respira con más fuerza, obligar a los jardineros a jugar más cerca, trazar una frontera invisible que recupere el vacío perdido.

No hay urgencia oficial, pero sí inquietud. Porque en esa desaparición silenciosa no sólo se pierden estadísticas, se pierde una forma de emoción.

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El beisbol siempre ha sido un equilibrio entre tradición y ajuste. Hoy, ese equilibrio se inclina hacia la precisión extrema. Cada metro ganado por la defensa es un metro perdido para la imaginación del juego. Y mientras la temporada 2026 arranca con la promesa de siempre, batazos largos, cifras grandes, historias nuevas, hay una batalla que se libra para dotar de más espectacularidad al deporte conocido como la pelota caliente.

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