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Ni carreteras, ni señal telefónica: la isla paradisiaca que apenas había tenido turistas pero cada vez llama más la atención de los viajeros

La isla donde el lujo es el silencio y desconectarse del mundo se ha vuelto el nuevo deseo viajero. Te contamos más al respecto.

La isla donde el lujo es el silencio y desconectarse del mundo se ha vuelto el nuevo deseo viajero. Te contamos más al respecto.
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Bryan Arellano
Redactor de fútbol nacional e internacional en AS USA Latino
Redactor de fútbol en AS USA Latino y Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Amante del deporte desde pequeño, inculcado por su abuela, quien le transmitió esta bella pasión. El fútbol nacional e internacional son sus especialidades. Gran apasionado por la música y el cine de terror; estar en algún show es su lugar feliz.
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Palmarola, un fragmento remoto de tierra frente a la costa occidental de Italia, está emergiendo como uno de los secretos mejor guardados del Mediterráneo; una isla sin carreteras, sin señal telefónica y prácticamente sin infraestructuras modernas, cuyo magnetismo crece precisamente por lo que no tiene.

Aunque queda a solo unos 10 kilómetros de la más conocida Ponza, llegar a Palmarola exige un esfuerzo poco convencional para el turismo actual, ya que, primero hay que llegar en tren o coche hasta la costa de Lazio, luego tomar un ferry a Ponza y finalmente negociar un pequeño bote con pescadores locales para la travesía final en mar abierto.

La isla paradisiaca que está atrayendo a más viajeros

Lo que muchos viajeros encuentran ahí es una especie de viaje al pasado. La ausencia de carreteras y autos deja intactos los senderos de tierra que cruzan la isla, donde solo hay un puñado de estructuras humildes y un restaurante rústico en Cala del Porto, rodeado de acantilados volcánicos y playas solitarias.

El silencio domina la experiencia. No hay cobertura de telefonía móvil, no existen señales de Wi-Fi y la electricidad es escasa o inexistente fuera de instalaciones muy puntuales. Esta desconexión ha convertido a Palmarola en un santuario para quienes buscan escapar del ritmo frenético de las grandes ciudades y el turismo convencional.

Los visitantes describen jornadas de snorkel en aguas cristalinas, picnics improvisados bajo el sol y paseos por grutas marinas que parecen de otro mundo, todo mientras el canto de las aves y el oleaje reemplazan el zumbido tecnológico de la vida cotidiana.

Pero el encanto de Palmarola es también su paradoja, pues, lo que la hace especial es lo que, hasta hace poco, la relegaba al anonimato. Su falta de infraestructura la protegió del turismo masivo durante décadas, pero ahora, en una era donde muchos viajeros buscan destinos menos explotados, la isla está empezando a ganar atención internacional.

Algunos expertos en turismo opinan que este tipo de destinos pueden marcar tendencia en los próximos años; lugares donde la naturaleza y la autenticidad priman sobre la comodidad y los servicios estandarizados. En ese sentido, Palmarola podría convertirse en un modelo de cómo el turismo sostenible puede florecer sin sacrificar la esencia del lugar.

Así, entre acantilados abruptos, aguas turquesas y senderos silenciosos, Palmarola se abre paso como un refugio para los que buscan algo más que un destino, una experiencia de viaje que obliga a bajar la velocidad y reencontrarse con la naturaleza.

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