Zazza el italiano, experto en barrios peligrosos, habla de su mayor susto: “Tenía una barba pintada a rotulador...”
El creador especializado en barrios conflictivos describe una escena en una favela de Río.


Zazza el italiano, creador conocido por adentrarse en algunos de los barrios más peligrosos del mundo, contó en el podcast The Wild Project cuál ha sido el momento en el que pensó, de verdad, que todo podía terminar allí. No fue en México ni en Honduras. “El momento probablemente más terrorífico de toda mi carrera ha sido en Brasil”, admite.
El relato comienza en Sao Paulo, en la zona conocida como Cracolândia, un epicentro de consumo de crack en pleno centro urbano. Allí fue atacado por varios perros mientras grababa. “Llegan siete u ocho perros y empiezan a morderme”, explica. Le mordieron en la tibia, en el gemelo y en la espalda. Llevaba chaleco antipinchazos y apenas notó una de las heridas hasta el día siguiente. Acabó vacunándose contra la rabia y el tétanos tras recibir siete inyecciones en media hora. “Me dio 40 de fiebre al día siguiente”, recuerda.
Río de Janeiro, dos estados paralelos
Zazza describe Brasil como “dos estados paralelos”: la ciudad formal y las favelas, controladas por distintas facciones como el Comando Vermelho o el Tercer Comando. En algunas zonas, asegura, la policía no entra. “Hay comisarías en cada favela, tienen pactos con ellos, son todos comprados, nunca entran ahí”, sostiene.

En Rocinha, una de las favelas más conocidas, vio hombres paseando con fusiles como si fuera lo más normal del mundo. “Uno iba con dos pistolas, cargadores saliendo, otro con una mitra en la espalda y el móvil en la mano”, relata. La normalización de las armas le impactó profundamente. “Es muy chocante ver cómo lo han normalizado”.
El contexto no ayudaba. Según cuenta, semanas antes la policía había realizado una operación contra el Comando Vermelho que dejó más de un centenar de muertos. “Era una guerra”, afirma. Calles llenas de sangre, paredes ametralladas. Un clima extremadamente tenso.
“¿Quién ha invitado a este italiano?”
El episodio más grave ocurrió en otra favela, a unos 40 kilómetros del centro de Río. Allí acudió con un contacto local y un traductor. Las reglas eran claras: grabar sólo cuando se lo indicaran. “No me la voy a saltar porque no son bromas”, dice.
Tras grabar unos murales y unas vistas desde un balcón, le avisaron de que debía hablar con el jefe. Le pidieron que se quitara el micrófono y guardara la cámara en la riñonera. Caminaron durante media hora por pasillos estrechos hasta llegar a un hombre armado con un Kalashnikov. Les retuvieron el móvil y la cámara mientras revisaban sus redes sociales.
La situación parecía tensa pero estable, hasta que apareció el jefe. “Un tío pequeñito, flaco, con la barba pintada literalmente con un rotulador negro, como un Bic”, describe. “Una cosa rarísima, pero te hace entender el psicópata que puede ser este tío”.
El jefe vio en la grabación una piscina en construcción que, al parecer, pertenecía a un familiar suyo. “¿Quién ha invitado a este italiano? ¿Quién es? ¿Por qué?”, empezó a gritar. Acto seguido hizo un gesto.
“De repente pasan con la ametralladora, se la ponen en la espalda y empiezan a pegar a los tres de golpe”. Los tres acompañantes de Zazza fueron golpeados brutalmente. “Pero fuerte. No eran bromas”. Uno recibió un golpe en la cabeza que le abrió una brecha. Otro hombre llegó con un palo grueso y comenzó a golpearles en las piernas. “Como para matarlos”, insiste.
Zazza y su traductor observaban paralizados. “Son momentos que son 20 segundos y te parecen cinco minutos”. Pensó que sacarían una pistola y los ejecutarían allí mismo. “No me hubiera extrañado en absoluto”.
Borrar y marcharse
Después de la paliza, el jefe se dirigió a él. “Devuélveme la cámara”. Revisó los archivos y los borró uno a uno. “Aquí no graba nadie, ni tú ni nadie”, le dijo antes de ordenarles que se marcharan.
Caminaron en silencio hasta atravesar un mercado de droga cubierto por carpas para evitar la vigilancia aérea. Mesas llenas de paquetes etiquetados, compradores y vendedores moviéndose con naturalidad. “El único blanco ahí”, resumía, mientras buscaba la forma de salir rápidamente de la zona.
Horas después supo que su contacto estaba en el hospital. Le habían abierto la cabeza y a otros les habían roto huesos. “Un desastre”, dice. Zazza, sin embargo, insiste en que él había pedido permiso y que había confiado en que todo estaba gestionado. “Hay reglas que no te puedes saltar”, reflexiona
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