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Crítica de ‘Nadie quiere esto’ Temporada 2: cuando la chispa se apaga
La primera temporada nos hizo creer, nos motivó, nos enganchó y nos dejó con ganas de más. En la segunda, en cambio, ya no hay nada que querer (sólo que se acabe).

La primera temporada de ‘Nadie quiere esto’ llegó como un soplo de aire fresco: motivadora, intensa y con un ritmo que atrapaba. Netflix supo vendernos una historia que parecía tenerlo todo: personajes con conflictos reales, diálogos que conectaban y una narrativa que invitaba a reflexionar. Pero la segunda temporada… es otra historia. Reales siempre que pensemos que un rabino y su deseo de tener novia judía, convertida sí o sí, es una trama creíble. Pero venga, aceptamos barco. Como creer que dos jóvenes pueden vivir en el mundo actual nada más que contando su vida en su salón, aceptamos pulpo como animal de compañía.
De la inspiración al tedio
Lo que en su debut fue energía y autenticidad, en esta segunda entrega se convierte en un ejercicio repetitivo y vacío. La trama se estira sin necesidad, los giros son previsibles y los personajes parecen atrapados en un bucle emocional que no aporta nada nuevo. El resultado: una temporada pesada, que se siente más como un trámite que como una evolución narrativa. El estereotipo de la suegra judía es algo que no hay ni por donde cogerlo. Sólo sonríes cuando aparece Leighton Meester, que podría ser de nuevo Blair Waldorf pero en verdad es la mujer del protagonista en la vida real.
¿Qué falla?
- Falta de riesgo: Todo lo que sorprendía en la primera temporada desaparece. No hay tensión real ni desarrollo significativo. Nadie quiere escuchar el podcast, es que ni la búsqueda de casa funciona, y menos la búsqueda de sinagoga. Nadie quiere volver a escuchar que alguien sugiere y el otro no entiende... Y si una hermana nuestra hubiera hecho lo del vestido de novia... creo que todos sabríamos lo que habría pasado.
- Diálogos planos: Lo que antes era chispa ahora es relleno. Conversaciones que no llevan a ninguna parte. Ni padres, ni madres, ni hermanas, ni ex novias, ni el Halloween judío... Hasta el buen rollismo se siente impostado.
- Ritmo lento y sin propósito: Cada capítulo parece alargar escenas sin aportar valor, como si la serie estuviera buscando tiempo para contar una historia que no saben bien cuál es. Y la buena trama sería un cambio de vida de Esther (ese cambio de flequillo, ese disfraz de CatWoman), el resto es soporífero.
¿Por qué duele tanto?
Porque la primera temporada nos hizo creer. Nos motivó, nos enganchó y nos dejó con ganas de más. La segunda, en cambio, es un pestiño: una sucesión de episodios que no emocionan, no sorprenden y, lo peor, no justifican su existencia. ‘Nadie quiere esto’ prometía ser una serie que marcaría tendencia, pero su segunda temporada confirma un temor común en las producciones actuales: cuando la fórmula funciona, se exprime hasta vaciarla. Y aquí, lamentablemente, ya no queda nada que querer.
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