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Scream 7: treinta años después, aún sabe apuñalar

Un balance que balancea la nostalgia y las metareferencias.

scream 7
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El cine de terror es un género que exige precisión quirúrgica. Como el filo de un cuchillo, debe ser exacto para resultar efectivo; si se excede, cae en lo caótico, y si se contiene demasiado, pierde impacto. En 1996, cuando la primera Scream llegó de la mano de Wes Craven, el slasher se redefinió a sí mismo, revitalizando un subgénero que parecía agotado y estableciendo un nuevo estándar metanarrativo. Treinta años después, Scream 7 plantea varias preguntas inevitables: ¿qué significa regresar a estos personajes tras tres décadas? ¿Sigue funcionando la autoconciencia sobre las reglas del terror? Y, quizá más relevante, ¿cómo puede el contexto tecnológico actual integrarse orgánicamente en una franquicia cuya identidad siempre ha girado en torno al comentario cultural?

30 años después

Scream 7 retoma la historia de Sidney Prescott, ahora instalada lejos de Woodsboro, California, viviendo una vida aparentemente tranquila en Pine Grove, Indiana, junto a su esposo y su familia. Tras décadas de trauma y exposición mediática, Sidney ha intentado construir una normalidad que siempre estuvo lejos de ella. La paz se rompe cuando un nuevo Ghostface emerge. A través de una videollamada, se revela el rostro de alguien que supuestamente murió hace 30 años: Stu Macher. Este elemento reactiva no solo el conflicto, sino el trauma fundacional de la saga, colocando a Sidney nuevamente en estado de alerta, ahora con una dimensión adicional: proteger a su hija adolescente, Tatum.

La película sigue teniendo una fuerte carga referencial al mundo del cine de terror, y en especial con los libros y películas inspirados en las aventuras de Sydney, lo que hace que todo sea una metarreferencia. Esto aterriza bien dentro de la escena inicial, donde una pareja va a la casa museo de los asesinatos de Woodsboro, y como todas esas muertes se han vuelto parte de la cultura popular dentro del universo de la película. Uno de los mayores aciertos es su accesibilidad. Aunque existen conexiones significativas con el pasado de Sidney, la trama no exige un conocimiento exhaustivo de las entregas recientes. El guion proporciona el contexto necesario para que nuevos espectadores puedan seguir la historia sin perder peso dramático. Eso sí, la referencia a la ausencia de Sidney en la película anterior evoluciona rápidamente de guiño irónico a comentario menos sutil.

Scream 7: treinta años después, aún sabe apuñalar

El ritmo de Scream 7 fluye bastante bien. Como buena película del género, tiene sus momentos que nos permite ir conociendo su historia y desarrollar a sus personajes. Por otro lado, las secuencias de terror y los ataques de Ghostface cumplen sus cometidos de mantener al espectador interesantes y buscando en cada esquina de la pantalla por el asesino. El director Kevin Williamson permite a que a lo largo de su 1 hora 54 minutos de duración, todo fluya bastante bien, dando pistas y como siempre confundiendo a la audiencia sobre quién es la persona detrás de la máscara.

En esta ocasión, el elemento distintivo es el uso de inteligencia artificial y tecnología deepfake como parte integral del misterio. No se trata únicamente de un recurso superficial; funciona como mecanismo de desinformación dentro de la trama, ampliando las posibilidades sobre quién manipula la narrativa desde las sombras. Si bien su uso es medido y evita el exceso, sí se emplea ocasionalmente para facilitar cameos que apelan directamente a la nostalgia. Aún así, hay algunos agujeros en la trama, y aunque en ocasiones se explican, no son muy convincentes.

Scream 7: treinta años después, aún sabe apuñalar

En cuanto a las actuaciones, el elenco se encuentra sólido, aunque vaya, ninguno se ganará el Oscar. Tener de nueva cuenta al duo de Neve Campbell y Courtney Cox hace que la película avance. Por su parte, Isabel May logra compartir bien el foco como parte de esta nueva generación.

La proyección en formato IMAX —una primera vez para la franquicia— añade un valor tangible. Más allá de la espectacularidad, el encuadre ampliado incrementa las zonas de amenaza dentro del plano, permitiendo que Ghostface pueda emerger desde más puntos del espacio visual. Este recurso potencia la paranoia visual, uno de los pilares del terror moderno.

Scream 7: treinta años después, aún sabe apuñalar

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Scream 7 funciona, aunque no llega a ser la mejor de la saga. No es una reinvención radical ni redefine el género como lo hizo la entrega original, pero sí demuestra que la fórmula aún tiene vigencia. Su mayor virtud es el equilibrio: nostalgia sin dependencia absoluta, metarreferencia sin saturación y actualización tecnológica sin perder la esencia slasher. En una era donde muchas franquicias dependen excesivamente del conocimiento previo y del fan service explícito, Scream 7 logra sostenerse por sí misma. La historia es suficientemente sólida, aunque cada espectador será juez de la resolución del misterio. Treinta años después, la saga no busca reinventar las reglas del terror; más bien, demuestra que todavía sabe cómo jugar con ellas y ver cuánto tiempo más se pueden explotar.

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