Josh Malerman, escritor estadounidense: “El barómetro de la inteligencia es lo amable que eres”
La última novela del autor esconde una reflexión que todo el mundo debería oír sobre la maldad y su gran archienemiga: las personas verdaderamente brillantes.


Describir a Josh Malerman solo como escritor es quedarse muy corto. Es cierto que su primera novela, ‘A ciegas’, supuso tal éxito que Netflix compró los derechos y la convirtió en uno de los pelotazos de la plataforma, pero el autor también es el cantante y compositor del grupo de rock The High Strung. Un tipo polifacético y cargado de reflexiones sobre la vida que ha vuelto a sorprender con su última novela, ‘Hay algo malo en casa’, de la que ya se prepara una adaptación a la altura.
Hoy en MeriStation queremos compartiros un conmovedor fragmento de la misma. Una entrada en la que Malerman se disfraza de padre y habla a su hija y al lector de lo único que le gustaría transmitir con su obra: la importancia de la amabilidad. Porque como él mismo dice, la maldad no tiene por qué propagarse, aunque solo la gente realmente inteligente puede evitar caer bajo su embrujo. Que lo disfrutéis.

“Cuanto mayor me hago, más creo que el barómetro de la inteligencia es lo amable que eres. Porque no es fácil tener conciencia con todo lo que a uno le pasa en la vida. Me da miedo imaginarte pasando por todo lo que tu madre y yo hemos pasado. Todo el que ha vivido ha sufrido momentos horribles, y me da miedo pensar que tú también vas a sufrirlos. No hablo de estas cosas cuando estás despierta porque no quiero asustarte. ¿Qué clase de padre le dice a su hija que va a hacer un viaje de ida y vuelta al infierno? Bueno, supongo que algún día tendrás que saberlo.
Y no se trata solo de sueños rotos y relaciones fallidas. Es algo mucho más profundo. ¿Sabes? Todavía recuerdo el momento en que me di cuenta de que la gente es mala. La mayoría de la gente. Acaba de salir del instituto y ya vivía aquí, en Chaps. Tenía un trabajo horrible de entrada de datos, y mis tareas consistían en escribir cuántas horas trabajaban unas enfermeras de atención domiciliaria. ¿Te puedes creer que a mí me pagaban más por registrar sus horas que a ellas por pasárselas trabajando? Sí. Incluso entonces me di cuenta de que algo iba mal.
Pero la cuestión es que en el trabajo había un tipo que se llamaba Oren. Y, por algún motivo, a Oren no le gustaban las enfermeras a domicilio. Eran en su mayoría mujeres y sin duda pobres, y aquel tío de la oficina las odiaba. En fin, el caso es que repartíamos los cheques semanalmente. Las enfermeras hacían fila en la oficina después de ayudar a la gente en sus casas, sus apartamentos, y Oren y yo les dábamos los cheques y las enfermeras comprobaban que habíamos registrado bien las horas antes de irse. Con razón.

Y más de una vez estaban mal. Yo no entendía por qué. Nos daban sus horas, yo las transcribía, Oren las revisaba. ¿Y si una enfermera decía que nos habíamos equivocado? Yo le contestaba que no se preocupara, que lo revisaría. Pero Oren protestaba. Les decía que se equivocaban. Que eran ignorantes que no sabían sumar. Y al decirlo su cara transmitía una alegría que me ponía furioso. Todavía me enfada ahora, años después, al recordarlo aquí contigo.
Pero no fue solo por darme cuenta de que Oren, de alguna manera, les estaba bajando el sueldo por despecho. Era porque Oren me miraba a menudo durante una de esas reprimendas, y en su cara veía que esperaba que yo sintiera lo mismo. Que, por algún motivo, me excitara ver a esas pobres enfermera sufrir y discutir. Y por más que le pusiera mala cara, por más asqueado que me mostrara con él, seguía asumiendo que yo sentía lo mismo. ¿Ves, Bela? Eso es la crueldad. La crueldad de la gente, que no consiste solo en que una persona sea cruel, sino en que crea (y tenga motivos para creer) que todo el mundo siente lo mismo.
Así que el objetivo, creo, es ser amable todo el tiempo que puedas, pase lo que pase. Da igual cuáles sean tus circunstancias, da igual cuántos golpes de suerte tengas y cuántos no. Y creo que siempre tienes que recordar que, si alguien se porta mal contigo, también es malo con los demás. ¿Lo ves, Bela? La maldad no tiene por qué propagarse. Puede detenerse con la persona mala, detenerse en el umbral de la persona amable. Supongo que podría decirlo así: no la dejes entrar. No la invites. Su pudiera transmitirte algo, algo que arraigue en ti como la necesidad de comer y dormir, sería esto: intenta ser amable siempre que puedas. Durante el resto de tu vida. Sé siempre consciente de lo que sufren los demás. Y hagas lo que hagas, por encima de todo, no permitas que la maldad, la crueldad ajena, se cuele en tu interior".

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