Israel Merino: “Nada de lo que pasa en la novela se comprende sin una epifanía de uno de los personajes”
El periodista publica ‘Epifanía’, un retrato brutal de la vida del rural español que combina el pulso del thriller con la profundidad moral de la tradición literaria.


El escritor y periodista Israel Merino acaba de publicar Epifanía (Temas de Hoy), un retrato brutal de la vida del rural español que combina el pulso del thriller con la profundidad moral de la mejor tradición literaria. Se trata de una obra feroz y humana sobre la culpa que mantiene a un pueblo unido, y que se adentra en los intestinos de una España tan invisible como ignorada.
Merino nos regala una obra con tintes costumbristas que habla de culpa y de rabia, de masculinidad rota y de juventud sin horizonte claro. Además, retrata con una honestidad salvaje a toda una generación atrapada entre la precariedad, la ansiedad y un deseo urgente de escapar. Charlamos con él.
¿Qué le interesaba explorar de una comunidad cuando se enfrenta a un hecho traumático como este, del que nadie sale del todo limpio?
En este tipo de comunidades, como son las de los pueblos, todo está regido por estamentos: la gente que es de allí de toda la vida y los forasteros, que vienen de fuera y que, aunque lleven mucho tiempo, siguen cargando con ese sambenito que probablemente les durará siempre. Me interesaba explorar cómo todos los mecanismos que conforman los engranajes del pueblo se activan cuando sucede algo así.
En los pueblos hay muchas cargas familiares. No eres solamente tú: es también tu familia y lo que tu familia ha hecho en el pasado. Cuando ocurre un hecho traumático, se activan venganzas, odios, culpas antiguas, muchas veces no solo por lo que acaba de suceder, sino por cosas que ocurrieron hace muchos años. Todo eso es lo que quería explorar a través de un detonante tan terrible y trágico como un atropello mortal.
El título, Epifanía, remite a una revelación, pero la novela parece más un descenso que una iluminación. ¿Qué tipo de epifanía propone al lector?
La epifanía de entender cómo funciona un pueblo. Al final, nada de lo que pasa en la novela —sin entrar en spoilers— se puede comprender sin una epifanía que uno de los personajes sufre en un momento clave de su vida. En concreto, el guardia civil vive algo en la infancia que conecta con esa idea de que en un pueblo usted es usted y también su pasado. A partir de esa epifanía, hace ciertas cosas que incluso magnifican el atropello. Ahí está la revelación. Una epifanía puede ser luminosa o religiosa, pero también puede ser oscura.
Otro de los elementos que explora en la novela es la culpa, que funciona como una especie de cemento social. ¿Cree que hay comunidades que se sostienen más por lo que callan que por lo que comparten?
Por supuesto. Las comunidades pequeñas o medianas se sostienen en una especie de omertà, en no mirar demasiado lo que ha pasado. Es entendible, porque si no, la gente se volvería loca. En una ciudad ocurren crímenes, odios, rencillas, pero generalmente no se conoce a todo el mundo del mismo modo. En un pueblo sí: por los apellidos, los motes, los descendientes. Tiene que existir cierto silencio, un olvido presunto o fingido, para no perder la cordura. En la fiesta del pueblo uno se emborracha y los vecinos saben lo que ha hecho. Para que no le miren raro durante años o no quede prácticamente marginado, tiene que haber una ley del silencio. Pero, aunque se calle, el odio y la culpa siguen ahí: no se superan, se atragantan.
En la actualidad parece existir una idealización del regreso al pueblo. ¿Qué opina de esta tendencia?
La novela surge, en parte, como respuesta a eso. Creo que esta idealización nace en la pandemia, cuando mucha gente en las ciudades se vio encerrada en pisos pequeños, sin tejido social y sin nadie cerca que les ayudara si enfermaban. A eso se suma la subida desorbitada del precio de la vivienda, que ha empujado a muchas personas a irse a los pueblos. Esa idealización es, en muchos casos, un mecanismo de supervivencia. Alguien que tenía su vida hecha en la ciudad, que disfrutaba de esa modernidad, se ve obligado a marcharse y necesita convencerse de que los pueblos son ideales, de que allí hay comunidad y cercanía. Y no siempre es así. Eso no significa que las ciudades sean maravillosas: en ellas también ocurren cosas horribles. Pero ahora me apetecía contar la cara menos idealizada del mundo rural. Creo que necesitamos relatos para no volvernos locos. Todos los necesitamos.
Usted viene del periodismo. ¿Qué le ha dado y qué le ha quitado esa mirada a la hora de escribir ficción?
No creo que me haya quitado nada; me lo ha dado todo. Detesto la autoficción y el exceso de yo. El periodismo es un oficio que le enseña a salir de sí mismo y a mirar a los demás. Usted no es importante: es un narrador. Me ha enseñado a salir a la calle, incluso en el sentido más literal, a no darme tantas vueltas y a entender que las historias que importan están fuera. Las pequeñas obsesiones personales no interesan a nadie. Un periodista es un voyeur, y creo que un buen novelista debe ser también un buen periodista. Por extensión, un buen novelista es un muy buen voyeur.
Y para terminar: como escritor, ¿le preocupa que la inteligencia artificial pueda reemplazarle?
No, en absoluto. La IA me preocupa por otros motivos: el consumo de agua, el precio de la electricidad o la gente que puede perder trabajos reales. Pero no creo que a nadie le interese leer una obra creativa hecha por una IA. Por muy bien ejecutada que esté, una obra tiene que ver con su autor. El autor nunca está muerto: vive a través de su obra, es quien le da sentido. ¿Qué morbo tiene leer una novela escrita por una IA? Para mí, ninguno. Personalmente, no me gustan las IA. Soy algo anticuado y me producen cierto mal rollo, pero no porque vayan a suplantar mi trabajo como escritor. Además, tampoco somos el centro del mundo: que sustituyan a escritores o periodistas es una faena, sí, pero la vida no gira alrededor de nosotros.
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