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Arthur C.Clarke, escritor: “La única manera de encontrar los límites de lo posible es ir más allá, hacia lo imposible”

La vieja ley de Arthur C. Clarke no hablaba sólo de cohetes o satélites, también describía el impulso (y el vértigo) de fabricar mentes.

Arthur C.Clarke, escritor: “La única manera de encontrar los límites de lo posible es ir más allá, hacia lo imposible”
Francisco Alberto Serrano Acosta
Coordinador de Redacción
Apasionado de los videojuegos desde que tiene uso de razón, Francisco Alberto ha dedicado su vida a escribir y hablar de ellos. Redactor en MeriStation desde el 2000 y actual coordinador de redacción, sigue empeñado en celebrar el videojuego de ayer y de hoy en todas sus ilimitadas formas de manifestarse.
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El cursor parpadea en una caja de texto y, por un instante, ese latido blanco parece un corazón prestado. Es ahí donde se cumple mejor la frase de Arthur C. Clarke, escrita como quien deja una profecía sobre la mesa: “La única manera de encontrar los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible”. Hoy, la inteligencia artificial vive instalada en ese umbral, con la particularidad de que ya no se presenta como promesa remota, sino como interfaz, hábito y tentación.

Clarke no imaginó una IA simpática, sino una IA inevitable

Clarke hablaba de máquinas cuando las máquinas ocupaban habitaciones, zumbaban con calor de fábrica y eran, en su propio vocabulario, “idiotas” veloces. En 1964, en televisión, dejó una idea que a día de hoy suena más sombría que nunca: los habitantes más inteligentes del futuro no serían “hombres ni monos”, sino máquinas, descendientes de los ordenadores de entonces, y lo dijo sin melodrama, como quien acepta que la evolución es inexorable.

Arthur C.Clarke, escritor: “La única manera de encontrar los límites de lo posible es ir más allá, hacia lo imposible”

Años después, ya en 1978, afinó el argumento con una frase que hoy se cita como si fuera meme, aunque en realidad era advertencia: estábamos “creando a nuestros sucesores”; la inteligencia artificial existía aún en “comienzos toscos”, pero llegarían sistemas capaces de mejorarse a sí mismos, y entonces podrían superar a sus creadores.

Esa cadena de ideas (creación, aprendizaje, auto-mejora, superación) no era un alarde futurista, era un argumento sobre inevitabilidad técnica y sobre consecuencias morales. Porque Clarke remataba con lo importante: una inteligencia así reestructuraría la sociedad por completo y nos obligaría a mirar una pregunta que solemos esquivar cuando todo funciona, la del propósito, la de qué hacemos con la vida cuando el trabajo rutinario deja de ser el centro y, por tanto, deja también de servir como excusa.

La oscura realidad de una predicción

Lo inquietante de 2026 es que no hemos conocido a HAL, pero sí convivimos con una clase de sistemas que se cuelan en el tejido del día a día. Y lo hacen con una cualidad nueva: no sustituyen sólo tareas, erosionan criterios. La IA generativa no llega como un martillo que reemplaza al músculo, llega como una máquina de “suficientemente bien”, capaz de abaratar lo correcto y de saturar el espacio público con textos, imágenes y voces que parecen plausibles aunque no necesariamente sean verdaderos. La frontera, entonces, ya no es si la máquina puede producir. La frontera es qué valor conserva lo humano cuando lo mediocre se vuelve infinitamente barato y lo excelente se vuelve, por comparación, más caro, más raro y más difícil de distinguir.

Arthur C.Clarke, escritor: “La única manera de encontrar los límites de lo posible es ir más allá, hacia lo imposible”
La IA trata de pensar en cómo resolver un problema de más de dos mil años.

En los últimos meses, el debate ha empezado a verbalizarse con una crudeza que encaja con ese fatalismo elegante de Clarke. Un pionero como Geoffrey Hinton llegó a verbalizar que ve un “10% a 20%” de posibilidades de que la IA acabe provocando la extinción humana en las próximas décadas, y su argumento no es un guion de ciencia ficción, sino una intuición histórica sobre control: las cosas más inteligentes rara vez son gobernadas por las menos inteligentes. Otro referente, Yoshua Bengio, ha pedido tratar el riesgo como se trata el riesgo nuclear, con obligaciones y seguros que fuercen a la industria a pagar por la seguridad en lugar de prometerla, y lo resumió con una frase muy humana: no quiere “apostar el futuro” de sus hijos a la buena voluntad del mercado.

El límite real no es técnico, es moral

Por eso la ley de Clarke, hoy, no debería leerse como una invitación al entusiasmo, sino como una obligación de diseño. Ir “más allá” ya no consiste sólo en entrenar modelos más grandes o en integrarlos en más productos. Consiste también en atrevernos a poner límites donde el mercado preferiría no ponerlos, en exigir trazabilidad y etiquetado cuando lo sintético se confunde con lo real, en construir fricciones deliberadas. Y, sobre todo, consiste en recordar que el “imposible” no es un trofeo, sino un método, y que todo método tiene costes.

Clarke escribió sobre el imposible como quien señala una puerta. Nosotros ya estamos viviendo dentro del pasillo. Y quizá el cierre más clarkeano sea éste, seco y sin consuelo: la IA no nos va a preguntar si estábamos preparados: sólo nos va a mostrar, con claridad, qué parte de nuestra vida era decisión y qué parte era inercia.

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