Cómic

Reseña de ‘Los días’, el apocalipsis como algo cotidiano

El artista argentino Agustín Comotto inaugura un nuevo género en el mundo del cómic: el costumbrismo distópico.

Director MeriStation y Subdirector de As
Director de MeriStation y subdirector de AS. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense, llegó a AS en 1996 tras 8 años en Diario 16. En 2020 fue nombrado de director de MeriStation y subdirector de AS. Desde 2024 es responsable de la información no deportiva de la web.
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Los días

  • Autoría del libro: Agustín Comotto
  • Formato del libro: Cartoné
  • Fecha de publicación: 23 de octubre de 2026
  • ISBN: 978-84-679-8601-3
  • Número de páginas: 136
  • Editorial: Norma Editorial
  • Enlace a ficha del libro
(3 estrellas)

‘Los días’ parte de una premisa interesante: la cotidianidad del fin de la civilización para contar cómo el ser humano se adapta incluso a las situaciones más extremas y es capaz de simplificarlo todo hasta refugiarse en los problemas del día a día para no enfrentarse a las grandes cuestiones de la existencia.

La obra de Agustín Comotto sitúa a sus protagonistas en una Barcelona distópica, en un futuro lo suficientemente cercano como para resultar reconocible, donde la humanidad vive bajo tierra mientras en el exterior las temperaturas resultan casi insoportables y una nueva guerra amenaza con extenderse. Los habitantes de este mundo subterráneo han incorporado la catástrofe a sus vidas hasta el punto de salir a la superficie con trajes protectores para algo tan cotidiano como pasear a sus perros.

Lo divertido de la situación es que Comotto coloca a los personajes ante problemas muy similares a los de nuestro presente: una avería en casa, las enfermedades, el trabajo, los vecinos, las discusiones familiares, el precio de la vivienda... Nada que resulte extraño al lector. La diferencia es que todas estas conversaciones tienen lugar mientras la civilización se desliza hacia su desaparición.

Ahí se encuentra también buena parte del humor negro de la obra. El apocalipsis pierde cualquier carácter épico para convertirse en una molestia más. Hay quien se preocupa por una ciática, por unas obras que nunca terminan o por volver al trabajo mientras fuera el planeta parece empeñado en recordarles que existen problemas bastante más graves. La tragedia y lo absurdo conviven con absoluta naturalidad.

Acostumbrarse al fin del mundo

La adaptación es el auténtico eje sobre el que gira ‘Los días’; ños protagonistas llevan años viviendo bajo tierra y lo extraordinario ha dejado de serlo. Desastres, guerras o la desaparición de especies se incorporan al paisaje mientras cada uno continúa concentrado en aquello que considera cercano y que puede, al menos aparentemente, controlar.

Esta idea convierte el cómic en algo bastante más incómodo de lo que aparenta. Comotto habla de nuestra facilidad para digerir tragedias lejanas y continuar inmediatamente después con nuestros pequeños problemas. No se trata exactamente de estoicismo, sino de una mezcla mucho menos edificante de resignación, individualismo y una sorprendente capacidad para convivir con aquello que debería resultarnos insoportable.

El autor tampoco necesita construir minuciosamente este futuro, no explica cómo funcionan todos los refugios ni qué ocurre lejos de esa zona devastada de Barcelona. Tampoco pretende elaborar una historia detallada de la catástrofe. La ciencia ficción funciona principalmente como escenario y herramienta para observar a los personajes y, a través de ellos, algunos comportamientos demasiado reconocibles de nuestra sociedad.

En medio de todo ello aparecen los perros. Además de justificar las salidas al exterior, funcionan como hilo conductor y como uno de los vínculos más sencillos y auténticos que permanecen. Pasearlos es una rutina, pero también una razón para encontrarse con los demás, conversar y mantener cierto contacto con una normalidad que ya no existe.

Una semana para llegar al fin del mundo

La propia estructura del relato contribuye a reforzar esa sensación de rutina, el cómic se organiza alrededor de una semana, de lunes a domingo, como si estuviéramos asistiendo a siete jornadas perfectamente normales. El calendario continúa avanzando aunque el mundo haya dejado de funcionar como antes, una sencilla contradicción que resume buena parte de la propuesta de Comotto.

Gráficamente, la novela resulta muy interesante. Cada jornada está dominada por un color acompañado de otro complementario, con verdes, rojos, azules o amarillos que generan una atmósfera extraña e irreal y, al mismo tiempo, sirven para diferenciar visualmente las distintas partes del relato.

Parte de la despersonalización de este mundo se refleja, además, en que nunca vemos los rostros de los personajes, ocultos permanentemente tras sus trajes protectores. Todos se convierten así en figuras casi intercambiables, por lo que Comotto debe diferenciarlos mediante sus actitudes, los complementos que llevan, sus animales y, especialmente, su forma de hablar.

Esta decisión supone también un interesante desafío gráfico. Comotto debe transmitir emociones prescindiendo de las expresiones faciales y confiar especialmente en las posturas y el lenguaje corporal. La estructura de las páginas es generalmente regular, aunque ocasionalmente deja espacio a imágenes de gran impacto visual que permiten respirar a una obra sustentada, en buena medida, sobre los diálogos.

Ese minimalismo tiene igualmente su contrapartida. La repetición de figuras enfundadas en trajes similares y unas conversaciones deliberadamente banales pueden hacer que determinadas secuencias resulten algo monótonas. Pero la monotonía no deja de ser coherente con una propuesta que pretende convertir un escenario extraordinario en rutina.

Una distopía incómodamente reconocible

El libro encuentra también espacio para la crítica a la política de bloques enfrentados, el autoritarismo, la incomunicación, la especulación inmobiliaria y el aislamiento. Incluso en un mundo al borde del abismo sobreviven discusiones ideológicas, económicas y personales que podrían pertenecer perfectamente a nuestro presente. El futuro imaginado por Comotto ha cambiado radicalmente el planeta, pero no demasiado a quienes lo habitan.

Sin embargo, la mirada de Comotto no es completamente desesperanzada. Su visión resulta especialmente pesimista cuando observa a la humanidad como colectivo, pero algo más indulgente cuando se acerca a las personas. Los afectos, los recuerdos, los animales y las pequeñas rutinas terminan adquiriendo un significado que inicialmente parecía no existir.

Ahí reside probablemente la mayor virtud de ‘Los días’. Agustín Comotto imagina el apocalipsis y decide prescindir de héroes, grandes gestas y discursos grandilocuentes. En su lugar, coloca a personas preocupadas por sus perros, sus trabajos, sus viviendas, sus familias y sus pequeñas miserias. No le interesa cómo salvar el mundo, sino nuestra capacidad para seguir adelante cuando el mundo ya no tiene salvación. Porque quizá lo verdaderamente inquietante no sea que llegue el apocalipsis, sino que terminemos acostumbrándonos a él.

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