Steven Spielberg, cineasta legendario: “Todos nosotros, cada año, somos una persona distinta. No permanecemos siendo la misma persona toda nuestra vida”
Una idea sencilla: la vida como aprendizaje retroactivo y la memoria como edición.


Steven Spielberg lo dijo en 2002, en una entrevista que giraba alrededor de ‘Minority Report’ y del futuro en el show ‘American Morning’ de la CNN: “Todos nosotros, cada año, somos una persona distinta. No permanecemos siendo la misma persona toda nuestra vida (“All of us every single year, we’re a different person. I don’t think we’re the same person all our lives”). Una reflexión en consonancia con un director que ha afrontado cada proyecto como si lo dirigiera “un director distinto”, intentando “reinventar el propio ojo”.
Lo interesante no es la obviedad (cambiamos), sino la consecuencia moral de aceptar el cambio sin teatralizarlo: si cada año somos alguien distinto, entonces la identidad no es una estatua, es un proceso. No se posee, se navega por él. Y, por tanto, la vida no se mide sólo por lo que “eres”, sino por lo que vas dejando de ser con una naturalidad, a ratos, dolorosa.
En el fondo, esa idea desactiva una de las trampas más comunes del ego: la fantasía de la coherencia. Nos educan para contar nuestra biografía como una línea, para de un estilo reconocible, una voz, un carácter... cuando la experiencia real se parece más a un archivo con versiones, revisiones y parches. Quien mira atrás y se reconoce del todo, quizá no se ha movido mucho. Quien mira atrás y siente un leve pudor por la que persona que fue, suele haber vivido más experiencias.

Spielberg añade, en esa misma respuesta, una precisión decisiva: que él se conoce “años después” de hacer sus películas, cuando mira atrás y entiende “qué clase de tipo era” entonces. El retrato no se pinta mientras posas; aparece cuando ya has salido del encuadre. Ese desfase es profundamente humano: casi nunca comprendemos lo que estamos siendo mientras lo estamos siendo. La conciencia es lenta; la vida, rápida. Más hoy en día.
Cambiar no es traicionarse
El cambio se vive, muchas veces, como una sospecha. “Has cambiado” se utiliza como reproche, como si la transformación fuera una forma de deslealtad. Pero, si pensamos en la reflexión de Spielberg, la frase “has cambiado” debería sonar a diagnóstico banal: claro que he cambiado; todo va cambiando.
Lo que duele no es cambiar, lo que duele es descubrir que ciertas decisiones, ciertos amores, ciertas certezas, estaban hechas para una versión anterior de nosotros. Y ahí aparece la tensión: queremos que la vida sea un relato con continuidad, pero el interior es un organismo que aprende a trompicones, que reajusta prioridades, que reordena el miedo. La persona que fuiste hace cinco años quizá necesitaba demostrar. La persona que eres hoy, quizá, necesita descansar. La persona que serás el año que viene tal vez necesite otras cosas.

El archivo infinito y la nostalgia como trampa moderna
Hay, además, un matiz contemporáneo que hace que la frase pese más hoy que en 2002. Entonces, cambiar era, a menudo, cambiar con olvido: mudarse de piel implicaba perder parte del rastro. Hoy vivimos en el archivo infinito. Fotos, mensajes, capturas, “recuerdos” automáticos, versiones antiguas de uno mismo que reaparecen como fantasmas perfectamente iluminados.
Eso altera la relación con el cambio: antes la memoria era selectiva, imperfecta, creativa; ahora la memoria es, muchas veces, una hemeroteca que insiste. Y esa insistencia puede volverse cruel, porque congela identidades que ya no te pertenecen. Te obliga a negociar con pruebas. Te devuelve a una escena antigua con la misma nitidez con la que vuelves a ver una película, y te tienta a confundir registro con verdad.
En ese contexto, aceptar que “no somos la misma persona” significa permitirse evolucionar, aunque el archivo diga lo contrario, aunque la gente espere continuidad, aunque tu propia nostalgia intente sobornarte con una versión anterior que parecía mejor, más simple, más cómoda. La nostalgia, cuando manda, no recuerda: edita interesadamente. Y el peligro es acabar viviendo para sostener una narración vieja, en vez de habitar la vida que realmente está ocurriendo.
Quizá por todo ello eso la frase funciona: porque no invita a romper con el pasado, sino a entenderlo como una toma anterior. Fue necesaria para llegar aquí. Y aquí tampoco es definitivo. La vida, al final, no se parece a una biografía cerrada; se parece más a una filmografía en la que, película a película, uno va aprendiendo más tarde quién era cuando la rodó.
Noticias relacionadas
Suscríbete al canal de MeriStation en YouTube, tu web de videojuegos y entretenimiento para conocer todas las noticias y novedades sobre el mundo del videojuego, cine, series, manga y anime. Análisis, entrevistas, tráileres, gameplays, pódcast y mucho más. También te animamos a seguir nuestra cuenta de TikTok.
¡Síguenos en ambas y, si estás interesado en licenciar este contenido, pincha aquí!
Rellene su nombre y apellidos para comentar