Morgan Freeman, ganador del Oscar: “La mejor forma de garantizarte perder es abandonar”
La cita no suena a consigna cuando se la devuelve a su biografía, que es menos un fogonazo que una construcción lenta.


Morgan Freeman no se convirtió en Morgan Freeman por una revelación repentina ni por un debut que dejara a la industria sin habla. Se fue haciendo, más bien, como se hace el oficio cuando no hay atajos, con trabajos que sostienen el cuerpo y el ánimo mientras el nombre todavía no pesa. Por eso, cuando dice que la mejor forma de garantizar perder es abandonar, la frase deja de parecer motivación genérica y se convierte en un resumen profesional, que es una manera elegante de hablar de la vida sin ponerse solemne.
Hay un primer escalón que explica el tono. A comienzos de los setenta, Freeman era una presencia estable en televisión educativa, en The Electric Company, un sitio que no construye mitologías, pero sí paga facturas y enseña rutina. Ese tipo de continuidad rara vez se narra como “éxito”, aunque sin ella muchas carreras ni siquiera existirían, y ahí ya aparece la idea central, que es seguir perseverando.

Una carrera que llegó a la primera fila a base de insistir
El segundo escalón tiene nombre de película y fecha precisa. ‘Street Smart’ (’El reportero de la calle 42′), en 1987, le dio a Freeman una nominación al Oscar como actor de reparto y, con ella, una evidencia que suele olvidarse, que el reconocimiento a veces llega tarde, pero llega de golpe, como si el mundo descubriera de pronto algo que llevaba años ahí. Ese “de pronto” engaña, porque es la parte visible de un proceso largo y arduo, que no siempre tiene recompensa.
La frase sobre abandonar encaja aquí con una lógica evidente, ya que si él hubiese cerrado la puerta en cualquiera de los tramos anteriores, ese giro, sencillamente, no habría ocurrido. El actor de Memphis reconoce que el lugar donde está no estaba escrito: “¿Estaba destinado a esto? no, no lo estaba. Iba a ser un sintecho en algún punto, conductor de taxi, de camiones, o cualquier otro tipo de trabajo que me diera un trozo de pan. Nunca sabes qué va a pasar“.

El tercer escalón es todavía más revelador porque no depende del azar, sino de la continuidad. Freeman interpretó a Hoke en la obra ‘Paseando a Miss Daisy’ y luego retomó con gran éxito el personaje en la película de 1989, un tránsito que suena natural, pero que en realidad es un triunfo de la persistencia, y también de la confianza en una misma pieza durante el tiempo suficiente como para que madure y encuentre su lugar. Esa repetición, lejos de ser redundante, es una forma de afinar y pulir. Es oficio en estado puro, y también un recordatorio de que muchas oportunidades no terminan de hacer ver su importancia hasta tiempo más tarde.
Y luego está el premio que, en el imaginario popular, cierra el círculo. Freeman ganó el Oscar como actor de reparto por ‘Million Dollar Baby’ (’Golpes del Destino’). Si uno quisiera ponerle una pátina de destino, podría decir que ahí llegó “la recompensa”. Pero lo interesante, en clave de la cita, es lo contrario, que incluso ese reconocimiento no convierte la vida en una línea recta, ni vuelve inevitables las victorias futuras. Lo que hace es confirmar que la continuidad, a veces, desemboca en algo tangible.
Abandonar como derrota administrada
Abandonar seduce porque trae alivio inmediato. Reduce ruido, apaga comparación, ofrece una paz instantánea que se confunde fácilmente con lucidez. Pero esa paz tiene un coste, ya que transforma una posibilidad abierta en un expediente cerrado. La frase de Freeman funciona porque no promete ganar, y por eso mismo resulta más honesta. Persistir no garantiza nada, pero abandonar sí garantiza una cosa, que no habrá sorpresa, ni mejora, ni giro, ni segunda vuelta.
Leída desde su trayectoria, la sentencia deja de ser una llamada a la épica y se convierte en una pauta sobria y cotidiana. Seguir no siempre es heroico, a veces es simplemente insistir con inteligencia, ajustar expectativas, tolerar la espera y presentarse otra vez, discretamente, cuando sería más cómodo desaparecer. Y, al final, quizá esa sea la idea más incómoda, que hay derrotas que se fabrican con precisión y sin testigos, y que casi siempre empiezan con una puerta que uno decide cerrar antes de tiempo.
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