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Crítica de ‘El agente secreto’, una película con el síndrome Assassin’s Creed

La favorita al Oscar a mejor película internacional es un exuberante thriller de espías ambientado en Brasil con un gran Wagner Moura y un final decepcionante.

El agente secreto Crítica Review Película
David Arroyo
Responsable de actualidad en MeriStation
A David lo de “aprendiz de mucho, maestro de nada” nunca le echó para atrás. Estudiante de historia del arte, periodismo, comunicación audiovisual y guion, el medio nunca le ha importado. Videojuegos, literatura, cine, televisión, manga y anime. Da igual. Lo único que le importa son las buenas historias, se escondan donde se escondan.
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(3 estrellas)

Imaginad que estáis en el cine viendo una película y que de pronto se para la proyección y se encienden las luces. Entonces, un completo desconocido entra en la sala y se dirige a los espectadores. Anuncia que la cinta que estáis viendo es suya y os destripa el destino de todos sus personajes porque, según él, eso no era lo importante. «No voy a mostraros más. La sesión ha terminado», concluye el recién llegado. Con las palomitas aún por terminar, indignado y con cara de tonto, te levantas y marchas a casa. Así es el final de ‘El agente secreto’.

Durante gran parte del metraje, ‘El agente secreto’ da la sensación de ser CINE EN MAYÚSCULAS. El móvil te quema en el bolsillo de las ganas que tienes de abrir Letterboxd y ponerle cuatro o cinco estrellas. Recuerdas las polémicas declaraciones de Oliver Laxe y sientes la imperiosa necesidad de disculparte con Brasil en nombre de España. Te preguntas cómo es posible que un país no gane ni un Oscar en 96 años y a continuación pase a llevárselo en dos ediciones consecutivas de la ceremonia. Hasta respiras aliviado al ser consciente de que vas a conservar tu carné de cinéfilo: al fin podrás recomendar algo de allí que no sea ‘Ciudad de Dios’. Pero entonces va y sucede ‘el momento Assassin’s Creed’.

“La película lo hace todo bien menos jugar con el tiempo. Evidencia de forma innecesaria su vocación de memoria histórica”.

Por dar algo de contexto a los que no conozcan la archiconocida saga de Ubisoft, la historia de todos sus juegos se divide en dos líneas temporales: el presente y el pasado. A nadie (pero a absolutamente nadie) le importan los niveles contemporáneos. Al principio era distinto, pero en la actualidad esos momentos son lo peor de cualquier Assassin’s Creed. Rompen el ritmo, ofrecen una trama flojísima que no vienen a cuento y es imposible establecer vínculo alguno con sus personajes. En ‘El agente secreto’ ocurre exactamente lo mismo. La cinta recurre al presente para evidenciar de forma innecesaria su vocación de memoria histórica.

Crítica de ‘El agente secreto’, una película con el síndrome Assassin’s Creed

Cuando después de dos horas y media (repito, dos horas y media) a Kleber Mendonça Filho le da por acabar su película así, saltando de forma abrupta a personajes que no ha presentado bien y resumiendo a vuelapluma lo que estabas deseando ver, la sensación es de chasco. No puedes evitar pensar que algo ha fallado en la distribución del tiempo, quizás en un segundo acto que avanza de forma timorata. Es un epílogo muy parecido al de ‘Aún estoy aquí’, donde la formulaba ya chirriaba, pero al menos en aquella venía de la mano de sus protagonistas. El problema de tomar un postre amargo es que será el sabor con el que recuerdes toda la comida.

“Carece de la emoción de ‘Aún estoy aquí’, pero goza de la tensión propia de un thriller de espías y compone un lienzo infinitamente más exuberante del país”.

Su final no es el único paralelismo con la cinta de Walter Salles. Ambas tienen de marco la dictadura militar de Brasil durante la década de 1970. Si aquella apostaba por sus efectos en la población pudiente y la infancia (sorprendiendo al mundo al reivindicar que ni ellos escaparon del terror), esta refleja sus consecuencias en los refugiados. Su protagonista es uno de los muchos intelectuales a los que se condenó a vivir huyendo, con miedo y sin poder ver a su familia. Uno de los muchos presos de la caridad de terceros que aceptaban exponerse al peligro porque ya no tenían nada que perder.

Crítica de ‘El agente secreto’, una película con el síndrome Assassin’s Creed

La película no es tan conmovedora como ‘Aún estoy aquí’, la cual bordaba la sensación de pérdida e impotencia, esa añoranza de un pasado no valorado en su momento. Aún así, a ‘El agente secreto’ hay que reconocerle una factura técnica de mayor enjundia. La fotografía sucia y setentera de Evgenia Alexandrova resulta excepcional. Aprovecha el Carnaval de Brasil, el río Capibaribe y la ciudad de Recife, en cuyos edificios históricos se ha permitido el lujo de rodar. Compone un lienzo infinitamente más exuberante del país y sus conflictos geográficos. Logra una atmósfera apasionante y sustituye esa emoción de la que hablábamos por la tensión propia de un thriller de espías.

“Wagner Moura está espléndido, pero no mejor que el resto de nominado al Oscar”.

Quizás el problema de la cinta nos sea su final, sino que pasa el tiempo construyendo a nivel formal para que luego no haya tanto detrás. Siempre se está insinuando algo, un misterio a gran escala, la amenaza de un brote de violencia, un pasado oscuro y terrible o un cruce de puntos de vista que haga saltar todo por los aires. Hasta la contenida actuación de Wagner Moura parece esconder más de lo que realmente hay en ella. El actor está espléndido, pero no mejor que el resto de nominados al Oscar. Mención especial para sus compañeros de casting, a todas luces uno de los mejores del año.

Crítica de ‘El agente secreto’, una película con el síndrome Assassin’s Creed

Es innegable que ‘El agente secreto’ tiene más cosas buenas que malas. De hecho, las buenas son brillantes, excepcionales. Su casting, su ambientación, planos y diálogos, la forma de construir e hilar la tensión. Sus metáforas sobre la dictadura y sus juegos cinéfilos son para quitarse el sombrero. Precisamente por eso nos da tanta rabia salir del cine decepcionados con su historia. No puede tener más impacto una broma sobre una pierna asesina que tu final. Concluye con una reflexión bonita, pero simplista; un encogimiento de hombros demasiado frío y aséptico. Es el resultado de una narración que no termina de manejar los ritmos, que no confía en sí misma y que se encuentra con el timbre de clase sonando antes de haber terminado la lección.

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