Crítica de ‘Aída y Vuelta’, una comedia arriesgada que funciona y hace pensar
Paco León se había propuesto hacer una película divertida, pero que hiciera tener conflictos morales y reflexionar. A mi juicio, lo ha conseguido.


Cuando Paco León escuchó por primera vez la propuesta de Carmen Machi para resucitar en cierta manera la serie de ‘Aída’ en forma de película no tuvo mucha fe. Sin embargo, al ver que la mayoría de sus excompañeros en la ficción de Mediaset (únicamente falta Ana Polvorosa del reparto inicial), se lanzó a la aventura. Desde entonces, más de dos años de trabajo para escribir, dirigir y actuar en una segunda parte que abraza con cariño los 237 episodios de ‘Aída’ adaptando su humor a la época actual.
‘Aída y vuelta’ es metacine dentro de la serie. La trama cuenta la historia ficticia de cómo habría continuado la serie en 2018 si no hubiera terminado cuatro años antes. Concretamente se centra en la lectura y rodaje del último capítulo mientras Carmen Machi protagoniza un tira y afloja con la producción ejecutiva porque quiere irse de ‘Aída’. Una situación ficticia que no debió distar mucho de la que vivió en 2008 al abandonar la serie.
Los actores no hacen de sus personajes en ‘Aída’ salvo en ratos contados, sino que actúan de sí mismos. Es verdad, como dice Miren Ibarguren, que no era algo improvisado. “Estábamos haciendo de nosotros mismos escrito por Paco (León) y Fernando (Pérez)”. Sin embargo, los actores expresan y manifiestan miedos y preocupaciones de sus vidas cotidianas. Sin ir más lejos, una de las tramas más importantes es la de Eduardo Casanova contando, arropado por su familia de ‘Aída’, que padece VIH. Machi, por su parte, reconoció haberse sentido algo incómoda por verse a sí misma en la película. Un trabajo de guion y de caracterización de los personajes bien hecho, pues era lo que se pretendía.

Evidentemente, ‘Aída y vuelta’ es fiel a la comedia de ‘Aída’. El fan clásico se va a reír, pero también le van a hacer darse cuenta de qué se está riendo. En esos límites del humor está parte de la reflexión que transmite Paco León. Nos podemos seguir partiendo a carcajadas sin ridiculizar al diferente, sin que el humor esté dirigido a una víctima. Hay risas más allá de apuntar a Machu Pichu, Aconcagua o Fidel y hay comportamientos, como algunos de Ibarguren y de Emilio Gavira (en la ficción), que son simplemente inaceptables y no caben chistes sobre ellos.
Por el camino, Paco León tiene tiempo para darle un palo a la Inteligencia Artificial, para integrar en el reparto a los trabajadores técnicos y para reivindicar la libertad de los famosos de no atender ocasionalmente a las personas que les paran por la calle, pero agradecerles, de la misma manera, el cariño que les han dado a lo largo de todos estos años. Y, entre toda esa fantasía mental del director, también es posible que el espectador se emocione en una despedida que esta vez sí apunta a ser definitiva.

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