Cine

Alfred Hitchcock, director: “Hago películas para no aburrirme”

Una frase mínima para entender a un cineasta que convirtió la impaciencia en método y la inquietud en espectáculo.

Alfred Hitchcock
Francisco Alberto Serrano Acosta
Coordinador de Redacción
Apasionado de los videojuegos desde que tiene uso de razón, Francisco Alberto ha dedicado su vida a escribir y hablar de ellos. Redactor en MeriStation desde el 2000 y actual coordinador de redacción, sigue empeñado en celebrar el videojuego de ayer y de hoy en todas sus ilimitadas formas de manifestarse.
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Hay una imagen que encaja con Hitchcock: la de un hombre que detesta ser visto y, sin embargo, pasa la vida diseñando miradas. Se decía tímido, incluso huidizo, y al mismo tiempo construyó un cine que vive de lo contrario, de esa sensación eléctrica de que alguien (o algo) nos observa desde el otro lado de la puerta. Entre esas dos fuerzas (la necesidad de esconderse y el deseo de gobernar lo que vemos) late, con una claridad incómoda, el sentido de la frase: “Hago películas para no aburrirme”, como confesión de carácter.

El aburrimiento como brújula de por dónde no ir

En Hitchcock, el aburrimiento no era una simple falta de estímulo. Era una forma de derrota. Filmaba para que la vida no se le quedara muerta entre las manos, para que lo cotidiano no se impusiera con su rutina de conversaciones planas, pasillos iguales, esperas que no llevan a ninguna parte. La versión más conocida de esa idea es la que define el drama como vida sin “los trozos aburridos”. Si el mundo real está lleno de tiempos muertos, Hitchcock los recorta sin remordimiento: no por impaciencia, sino porque cree que ahí se esconde una verdad extraña, la verdad del relato cuando se le quita la grasa.

Esa guerra contra lo tedioso también explica su fama de manipulador. No en el sentido vulgar, sino en el preciso: alguien que entiende que el espectador no va al cine a que le respeten, sino a que le guíen. Su cine nos coloca en un punto de vista, nos da una información y nos la retira, nos hace cómplices y luego nos delata. En ‘La ventana indiscreta’, el mirar se convierte en vicio y en condena. En ‘Vértigo’, la obsesión no es un tema, es un mecanismo. En ‘Psicosis’, el suelo moral se rompe con una naturalidad casi cruel.

Alfred Hitchcock, director: “Hago películas para no aburrirme”

El director que quería controlar el tiempo

Si la frase se leyera como un simple “me entretengo trabajando”, se quedaría corta. Hitchcock no buscaba distracciones, buscaba control. Control del tiempo, del ritmo, del aire entre un plano y el siguiente. Hay testimonios que lo describen como un cineasta fastidioso y meticuloso, de esos que dibujan antes de rodar y que llegan al set con la película ya montada en la cabeza. Su relación con el storyboard es casi un manifiesto. Se cuenta que llegó a decir que el trabajo creativo estaba ahí y que dirigir, después, era poco más que un trámite.

Ese rasgo no es únicamente técnico, es temperamental. Para alguien que detesta el vacío, preverlo todo es una forma de anestesia. También es una forma de poder. Si el rodaje es un lugar donde puede colarse el azar, entonces el dibujo previo es el antídoto. El aburrimiento es el primo discreto del miedo: ambos aparecen cuando uno siente que no manda.

Miedo, humor negro y una sinceridad envenenada

La personalidad de Hitchcock se entiende mejor cuando se acepta esa mezcla rara de vulnerabilidad y autoridad. Su biografía suele insistir en una juventud marcada por disciplina, soledad y miedos muy concretos, incluida esa anécdota del encierro breve en una comisaría que le dejó una huella persistente. De ahí se llega a su manera de hablar del miedo como materia prima, algo que se trabaja, se domestica y se vuelve espectáculo.

Alfred Hitchcock, director: “Hago películas para no aburrirme”

Y luego está el humor, que en Hitchcock no es alivio, sino cuchillo. Un humor negro, macabro, a veces cruel, que convive con una visión algo desolada de lo humano. Las bromas, los cameos, la compostura de ‘Alfred Hitchcock Presents’ no son sólo una marca, son un escudo. Un modo de colocarse por encima del pánico sin negarlo. Como si dijera que el mundo es insoportable cuando se deja tal cual, y que por eso lo recorta, lo afila y lo sirve con una sonrisa que no termina de serlo.

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