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Peter Steinberger, creador de OpenClaw, ficha por OpenAI y las miradas se giran a Anthropic: “La cagada del siglo”

El ingeniero austríaco detrás del agente de código abierto más viral del último año se incorpora a OpenAI mientras su proyecto pasa a una fundación independiente.

Peter Steinberger
Francisco Alberto Serrano Acosta
Coordinador de Redacción
Apasionado de los videojuegos desde que tiene uso de razón, Francisco Alberto ha dedicado su vida a escribir y hablar de ellos. Redactor en MeriStation desde el 2000 y actual coordinador de redacción, sigue empeñado en celebrar el videojuego de ayer y de hoy en todas sus ilimitadas formas de manifestarse.
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Peter Steinberger, creador de OpenClaw, se incorpora a OpenAI para trabajar en el desarrollo de agentes personales. Su proyecto, mientras tanto, seguirá su camino como fundación independiente. El fichaje ha sido celebrado en algunos sectores y leído, en otros, como un golpe indirecto a Anthropic, la compañía detrás de Claude. En redes, la reacción se ha resumido con una frase tan exagerada como efectiva: “la pifia del siglo”.

Para entender el ruido hay que empezar por la figura de Steinberger. No es un recién llegado al mundo del software. Antes de OpenClaw fundó PSPDFKit, una herramienta técnica que terminó convirtiéndose en empresa sólida, con clientes relevantes y años de recorrido. Es, ante todo, un ingeniero de producto: alguien acostumbrado a convertir código en algo que la gente usa de verdad. Esa mentalidad fue clave para que OpenClaw no se quedara en simple experimento.

OpenClaw nació como un agente personal de código abierto. La idea era sencilla: conectar un modelo de lenguaje a herramientas reales (correo, calendario, mensajería, servicios externos) y permitirle actuar en nombre del usuario. No sólo responder preguntas, sino hacer cosas. Gestionar emails. Preparar tareas. Automatizar flujos cotidianos. En un momento en que el debate giraba en torno a cuál modelo “razonaba” mejor, OpenClaw puso el foco en algo más práctico: qué pasa cuando el modelo tiene manos.

Un nuevo campo de batalla en el mundo de la IA

La difusión fue rápida. Parte del éxito vino de su condición de código abierto, que permitió a desarrolladores adaptarlo, mejorarlo y compartir resultados. Otra parte vino de la propia narrativa del proyecto, con una identidad visual reconocible y demostraciones fáciles de entender. No era un documento técnico. Era un agente funcionando delante de tus ojos.

Pero la viralidad también trajo problemas. En fases tempranas, el nombre y algunos guiños del proyecto generaron confusión con Claude, el modelo de Anthropic. La compañía pidió ajustes para evitar conflictos de marca, y el cambio terminó amplificando el debate. Internet interpretó el movimiento como tensión directa entre un proyecto comunitario y un laboratorio puntero. El efecto fue paradójico: cuanto más se discutía el nombre, más crecía la visibilidad.

Claude, además, no estaba sólo en el nombre. Muchos usuarios configuraron OpenClaw para funcionar con modelos de Anthropic, bajo la propia recomendación de Steinberger. En la práctica, el agente servía como escaparate de lo que Claude podía hacer cuando se le daba acceso a herramientas externas. Era una demostración funcional de “agencia”, un concepto que ahora domina la conversación en inteligencia artificial.

Ahí es donde el fichaje por OpenAI adquiere otra dimensión. El creador de un agente viral que, durante meses, estuvo asociado mentalmente a Claude y ayudando a popularizarlo, termina trabajando para el principal competidor, mientras que la única reacción por parte de Anthropic ha ido desde su departamento legal. En una industria obsesionada con la narrativa, eso pesa y se considera un evidente caso de miopía y de poca agilidad.

OpenAI, por su parte, envía un mensaje directo: el siguiente campo de batalla no es sólo el modelo más potente, sino el mejor agente. El software que actúa, que ejecuta, que automatiza tareas reales. Y ahí la experiencia de Steinberger encaja de forma natural. La carrera ya no gira exclusivamente en torno a comparativas técnicas y fuerza “bruta” de los modelos de IA, sino en torno a quién consigue integrar la inteligencia artificial en la vida cotidiana de la forma más efectiva.

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