Ni cataclismo ni gran guerra en la antigüedad, un modelo matemático arroja luz verdad sobre la desaparición del neandertal
Un estudio en Scientific Reports plantea que la desaparición del neandertal no exige grandes catástrofes, sino miles de años de mestizaje silencioso con Homo sapiens.


Durante décadas, la desaparición de los neandertales se ha contado como una historia de derrota: una especie robusta, extendida por Eurasia desde hace unos 400.000 años, que se esfuma del registro fósil hace unos 40.000, justo cuando Homo sapiens entra en escena. En el guion clásico, el acto final se explicaba con grandes palabras: colapso climático, epidemias devastadoras, competencia feroz o incluso una “guerra” prehistórica que los dejó sin espacio ni recursos.
Un nuevo trabajo publicado el 4 de noviembre en la revista Scientific Reports, firmado por Andrea Amadei (Universidad de Roma Tor Vergata), Giulia Lin y Simone Fattorini, rebaja radicalmente el dramatismo del relato. En lugar de imaginar un cataclismo puntual, los autores construyen un modelo matemático que muestra cómo pequeñas oleadas de Homo sapiens mezclándose con grupos reducidos de neandertales habrían bastado, por sí solas, para borrar casi por completo su huella genética en un plazo de entre 10.000 y 30.000 años.
Dicho de otro modo: puede que los neandertales no “desaparecieran” en el sentido clásico de una extinción, sino que se fueran disolviendo progresivamente en nosotros, hasta quedar reducidos a un eco en nuestro ADN.

Una explicación menos especuatcular, pero respaldada por la ciencia
El corazón del estudio es un modelo deliberadamente sencillo, casi de manual de población, pero afinado con las preguntas correctas. Los investigadores imaginan un conjunto enorme de pequeñas comunidades cazadoras-recolectoras, “tribus de referencia”, que representan a la metapoblación neandertal: grupos escasos, dispersos, con baja densidad y conectados entre sí por cierto flujo de individuos, tal y como sugieren los estudios paleogenéticos de los últimos años.
Primero fijan la demografía: cada tribu tiene un tamaño medio de población reproductora que tiende a un equilibrio, determinado por tres parámetros muy básicos: tasa de nacimientos, tasa de muertes/salida de la población fértil, y un término que recoge las migraciones hacia y desde el entorno. Esa parte del modelo se ajusta para que los grupos no colapsen ni crezcan indefinidamente, sino que se mantengan en una especie de estabilidad dinámica razonable para la prehistoria.
Después entra en juego la genética. La población de cada tribu se divide en tres tipos: individuos con alelos “neandertales” en un marcador concreto, individuos con alelos “sapiens”, e híbridos que combinan ambos. El modelo asume algo clave: para ese marcador, ninguno de los tres grupos tiene ventaja biológica sobre los otros. Es un escenario de deriva neutral, sin especies “superiores” ni ventajas mágicas de inteligencia o adaptación codificadas en esa pieza concreta de ADN.
Sobre esa base, el estudio introduce el mecanismo que lo cambia todo: ciclos de inmigración. De vez en cuando, un pequeño número de Homo sapiens entra en la tribu neandertal, se mezcla con ella, y altera ligeramente las proporciones de alelos. El sistema se deja estabilizar de nuevo… y al cabo de un tiempo llega otro pequeño grupo de sapiens, repitiendo el proceso. En cada ciclo, la fracción “sapiens” gana un poco de terreno, lenta pero inexorablemente.

En una de las simulaciones ilustrativas, los autores trabajan con un valor de inmigración muy modesto: del orden de una fracción pequeña de la población reproductora en cada ciclo (por ejemplo, algo equivalente a dos nuevos individuos sapiens por cada treinta reproductores en la tribu). Aun con esa cifra tan contenida, si repites el proceso durante diez a treinta mil años, el resultado es contundente: la probabilidad de encontrar genes neandertales en esas poblaciones cae prácticamente a cero, mientras que la fracción “sapiens” roza el 99 %.
El modelo, además, casa razonablemente bien con la cronología arqueológica: los principales pulsos de expansión de Homo sapiens fuera de África se sitúan entre hace 60.000 y 70.000 años, y la desaparición de los neandertales en Europa se acota en torno a 41.000–39.000 años antes del presente. Es tiempo de sobra para que ese goteo de mestizaje haga su trabajo silenciosamente.
La idea de que los neandertales “siguen” con nosotros no es nueva. Desde que se secuenció su genoma en 2010, los estudios han ido convergiendo en una cifra ya familiar: la mayoría de humanos actuales no africanos conservan en torno a un 1–2 % de ADN neandertal. Es decir, nuestras líneas se cruzaron repetidamente y dejaron descendencia fértil.
Lo que aportan ahora Amadei, Lin y Fattorini es un andamiaje matemático que demuestra que ese mestizaje, por sí solo, podría explicar la desaparición de los neandertales como entidad genética diferenciada. No hace falta apelar necesariamente a golpes de clima extremo ni a una guerra implacable: basta con mezclar dos poblaciones de tamaños muy distintos, una mucho más numerosa que la otra, y dejar que el tiempo haga su trabajo.

Cambiar la palabra “extinción” cambia la historia
El nuevo trabajo llega a un campo donde ya había otros modelos influyentes. Simulaciones por ordenador publicadas en 2020, por ejemplo, exploraban escenarios en los que la combinación de clima cambiante y competencia con Homo sapiens bastaba para explicar el declive neandertal, sin necesidad de guerras abiertas. Más recientemente, se han sugerido incluso posibles vulnerabilidades fisiológicas, como diferencias en ciertas proteínas sanguíneas, que pudieron hacerlos más sensibles a enfermedades o condiciones ambientales concretas.
La aportación de este modelo matemático no es tanto desplazar esas hipótesis como reforzar una lectura menos violenta y más gradual de lo ocurrido. Si aceptamos que los neandertales no “murieron” todos, sino que muchos de ellos fueron, simplemente, ancestros nuestros, la palabra “extinción” pierde parte de su sentido habitual. El fin de la especie se parece menos a un apagón súbito y más a un atardecer muy largo, en el que las fronteras entre “ellos” y “nosotros” se desdibujan lentamente.
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