“Instagram es una droga”: Meta llega a su primera gran prueba ante un jurado por el impacto en menores
Un procedimiento “termómetro” en Los Ángeles enfrenta a Meta y YouTube a una acusación central: no es el contenido, es el diseño.


“Es como una droga”. La frase (atribuida a empleados en documentos destapados durante el litigio, junto con otras frases poco afortunadas como “los chicos no pueden dejarlo ni aunque quieran”) flota sobre un juicio que acaba de arrancar en el Tribunal Superior del condado de Los Ángeles y que puede marcar un antes y un después en la manera de exigir responsabilidades a las grandes plataformas cuando el debate no gira alrededor de lo que se publica, sino de lo que se provoca.
El caso parte de la demanda de una joven californiana identificada como K.G.M., hoy de 19 años, que sostiene que se enganchó a redes sociales cuando era menor y que ese uso compulsivo se relacionó con problemas graves de salud mental, incluida depresión e ideas suicidas. En esta primera batalla ante jurado, Meta (por Instagram) y YouTube (de Google) se sientan en el banquillo. TikTok ha pactado un acuerdo de última hora y Snap ya había hecho lo propio días antes, con términos que no se han hecho públicos.

La arquitectura de la adicción
Durante años, las tecnológicas han levantado una defensa apoyada en la idea de que no son responsables del contenido que suben terceros. Aquí, el disparo va a otro sitio. Los demandantes intentan separar “contenido” de “arquitectura” y sostienen que ciertas funciones fueron afinadas deliberadamente para maximizar el tiempo de permanencia, especialmente en menores. Se habla de desplazamiento infinito, reproducción automática, notificaciones que te tiran de la manga, y recomendaciones algorítmicas que aprenden rápido qué te retiene.
Esa estrategia también busca sortear (parcialmente) dos escudos habituales: la Sección 230 en Estados Unidos (que limita la responsabilidad de las plataformas por contenidos de terceros) y argumentos de libertad de expresión. La clave está en convencer de que se juzgan decisiones de producto y de diseño, no publicaciones concretas.
Zuckerberg, el jurado y el precedente
El calendario importa. La selección del jurado comenzó el 27 de enero de 2026 en Los Ángeles, y se espera que el proceso se adentre en febrero una vez quede constituido. Entre los nombres llamados a declarar figura Mark Zuckerberg, en un contexto en el que cada matiz (qué se sabía, cuándo se supo, cómo se priorizó) será observado con lupa.

Meta ha defendido públicamente que reducir el asunto a “las redes causan X” simplifica en exceso un problema de salud mental que consideran multifactorial, y que existen herramientas y cambios orientados a proteger a adolescentes. Su línea, en términos judiciales, pasa por negar la causalidad directa que plantea la demanda.
Pero el riesgo reputacional no se mide sólo en el veredicto final. En un juicio así, a veces la narrativa se decide antes, cuando se leen en voz alta mensajes internos, cuando se contraponen investigaciones y decisiones, cuando un jurado escucha que dentro de la empresa se llegó a hablar de “droga” o de “camellos” aunque fuera en tono de broma. Hay bromas que, al salir de la oficina, quedan convertidas en evidencia.
A medio plazo, este caso encaja con otra vía de presión: las demandas de distritos escolares que alegan costes crecientes para gestionar el impacto en alumnos. En paralelo, una jueza federal está valorando qué parte de esas reclamaciones puede avanzar, y varios casos se preparan como nuevos “termómetros” con vistas a un arranque de juicios en junio (en Oakland).
La industria teme una grieta en su defensa tradicional y, sobre todo, que se consolide una idea jurídicamente peligrosa para su modelo: que el “enganche” no es una consecuencia colateral, sino una prestación, un resultado buscado. Por eso también importa lo que no se ve aún. Se espera que el proceso empuje a desprecintar más documentación interna, y que lo haga en un formato que no perdona, el de las preguntas en sala y el relato de la experiencia personal ante jurado. En la cultura digital, pocas cosas son tan frágiles como la frontera entre hábito y dependencia.
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