La dormilona

Por tres, por cuatro o saliendo por la puerta, el pádel ha llegado para quedarse como deporte profesional. Por ello, y porque lo mejor está por venir, este blog nace para analizar, valorar e informar sobre la actualidad del mundo de la pala. Pasen a la pista.

Autor: Alberto Bote

LA DORMILONA

Galán, Lebrón y el sendero hacia la historia

La pareja española va a cerrar su segunda temporada en lo más alto de World Padel Tour y apunta a proyecto histórico.

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Ale Galán y Juan Lebrón celebran la victoria en el Menorca Open de World Padel Tour.
WPT

El camino hacia la historia no es para todos. Ni siquiera, para los campeones. Difícil y solitario, la fama y la gloria son la antesala de esos pequeños capítulos a los que solo acceden unos pocos privilegiados que son capaces de sostener el equilibrio en la fina línea de la trascendencia. Y, ahí, justo ahí, es donde caminan Ale Galán y Juan Lebrón. En el World Padel Tour, el pádel y el deporte en general.

Y es que lo de Galán y Lebrón, en cierta media, sigue sorprendiendo. No por el resultado, la forma o el fondo. No por dominar a Paquito Navarro -qué jugador y qué estado de forma- o Martín Di Nenno -cómo está evolucionando-. Ni por sumar seis títulos. Reluce por el relato deportivo que son capaces de mantener.

Porque, con perspectiva, las cosas se entienden mejor. Ahora que Galán y Lebrón no ganan siempre, ahora que han tropezado alguna vez cuando nadie lo esperaba o que las críticas apuntaban de forma indiscriminada a uno u otro lado de la pista, tiene más valor lo que están consiguiendo. La reivindicación, la que vale, la deportiva, tiene más de causalidad que de casualidad.

Porque en 2020 nadie les esperaba. O no así. Y nada ni nadie les paró. Ni rivales, parones, haters, condiciones, o lesiones. Su temporada pasada fue para enmarcar logrando ganar 37 de 42 partidos (88 por ciento de efectividad), seis de 11 títulos posibles y una regularidad inusual que marcaría su suelo en las semifinales.

Un listón de altura para encarar un 2021 muy diferente. En una temporada más larga, con público en las gradas y ante parejas nuevas, la exigencia sería mayor y, esta vez, los focos se dirigirían hacia ellos. Y, ahí, es donde se distingue de qué están hechos los proyectos y hacia dónde se dirigen.

Galán y Lebrón necesitarían la misma regularidad que los meses anteriores para sofocar la rebelión del ranking. Y lo cierto es que, salvado el tropiezo inaugural de Madrid -cayeron en cuartos-, estarían cuatro meses sin caer antes de semifinales. De abril a agosto. De Santander a Málaga. Y con tres títulos de por medio.

Pero algo no acababa de funcionar igual. O no al mismo ritmo. Ganaban, sí. Eran números uno, también. Pero la sensación era diferente. El pádel que proponen exige y necesita de una alta dosis de acierto táctico, físico, técnico y mental que eran capaces de lucir a rachas, pero no de forma sostenida. Y los gestos y detalles alimentaban lo extradeportivo y no ayudaban al discurso.

El septiembre más convulso en el pádel mediría el estado del proyecto de los números uno. Cumplido ese mes, la realidad es que de cuatro torneos firmarían dos títulos, unas semifinales y unos cuartos. Y, lo que es más importante, un punto de ruptura. Barcelona, que les vería caer en semifinales, sería el nexo de unión para el madrileño y el gaditano.

Porque Galán y Lebrón son, desde hace dos torneos, la pareja que arrasó en 2020. Es más, son mejores. Más firmes, seguros y estables. Han encontrado certezas donde hace poco comenzaba a haber dudas. Y se nota. Al ruido -que lo hubo- lo tapó el equipo. A la incertidumbre, el trabajo. Y a la derrota, el triunfo. Tan antiguo como el deporte.

Porque Ale y Juan, Juan y Ale, vuelven a disfrutar dentro de la pista. Se nota en sus gestos, en sus caras, en el feeling y en su propuesta. Defienden eléctricos y firmes, eliminan la transición y caminan hacia la red en un envite que mezcla el sinsentido, la confianza y la intimidación. Porque juegan fino, muy fino, y presionan al rival desde el resto y el duelo de voleas. Y porque suprimen del catálogo del rival la defensa aérea. Desde donde sea. Nadie define mejor que ellos como pareja y nadie acumula más winners.

Lugo y Menorca -qué exhibición el primer set de la final-, torneos que suman por victorias, son la prueba de que el camino retomado es el correcto. Mejorable, cierto, porque aún tienen un amplio margen de mejora tanto a nivel individual como en pareja. Se siguen exponiendo demasiado, la intensidad y la presión son a la par aliadas y enemigas y hay matices que deben pulir. El continente dice mucho del contenido. Y viceversa.

Lo cierto es que juntos son una pareja llamada a hacer historia. Por números, sensación de dominio, capacidad de mejora y proyección. No hay un proyecto deportivo mejor. Habrá quien les discuta el trono y, de hecho, así debe ser para que la narrativa, la épica y la propia historia tenga más valor. Pero se antoja difícil, muy difícil.

Solo ellos saben hasta dónde y cuándo -todo acaba-. Solo ellos -y su equipo- saben cuál es el plan, dónde se parará el contador y qué dejarán atrás. Son dos talentos deportivos, dos animales competitivos, que han coincidido para trascender al tiempo. Y, si lo consiguen, su legado puede ser eterno.