Desatranques Camavinga

No conocí al Stade de Reims de Kopa y también de Just Fontaine, quizá el goleador más evocador, de carrera truncada por las lesiones, de todos los que descubrí en los libros de los Mundiales. Como niño de los 80, empecé a fijarme en la liga francesa cuando, en pleno declive del verdísimo Saint Étienne, Solsona fichó por el Bastia, el más italiano de los equipos franceses, el club que consiguió que Jacques Tati saliese de su retiro para rodar junto a su hija Sophie un corto documental (Forza Bastia! L'Ile en fête) sobre cómo se vivió en Córcega la final de la UEFA que jugó el equipo corso contra el PSV. Desde entonces, cuando imaginaba al noi de Cornellà caracoleando, escondiendo el esférico del acoso de fornidos gabachos cabreados con bigote y apellido polaco, hasta hoy, con la fuerza multicultural y la mezcla de razas mejorando la genética de sus futbolistas, siempre he guardado esa imagen de una competición dominada por el poderío físico. Ni rastro de Monsieur Hulot.

Del otro Stade, el de Rennes, que también tiene película (The French Kissers), ha llegado un vendaval al Real Madrid. El eclipse Mbappé provocó que se olvidara la necesidad de fluzo para rejuvenecer el centro del campo blanco. En dos partidos, marcó un tanto, dio un pase de gol, regateó. Pero, sobre todo, ofreció una solución.

Eduardo Camavinga se desmarcó en Milán, y con su movimiento arrebatado, todo ímpetu, un tocar y salir liberador, marcó la diferencia en su equipo y en el partido. Señaló una proyección, una intención, una línea a seguir. Porque un desmarque no es una carrera cualquiera. El que jugó lo sabe. Es menos físico que ánimo, pero es, sobre todo, comprensión del juego, inteligencia. Fútbol en abstracto con un fin concreto. No es perseguir ni porfiar, no es luchar ni cargar ni ir al suelo a rebañar un balón. Es correr, claro, pero es también una ilusión que desatrancó un partido que parecía de la vieja Copa de Europa. Si al manifiesto futurista de Marinetti, un automóvil le parecía más bello que la Victoria de Samotracia, a mí, en una noche europea, un desmarque de Camavinga me hizo regresar al futuro.