A Luis Enrique, un 9; a la Selección, 7,5

Luis Enrique dijo que pondría a su equipo un 9. Yo lo dejaría en 7,5. El 9 se lo daría a él, que ha hecho un equipo que vale más que la suma de sus individualidades. Un equipo dominador, valiente y sacrificado, excelente de área a área, no tanto en las áreas, donde ha faltado seguridad atrás y colmillo arriba. Para el poco balón que hemos dejado al rival hemos sufrido demasiados sobresaltos y regalado más de un gol. En cuanto al remate, ha habido un déficit aliviado por dos goleadas que no ocultan que en otros partidos, ante Italia, sin ir más lejos, jugamos para hacer más de uno. Pero el gol no lo pone el entrenador. El gol se tiene o no se tiene.

En todo caso, hay que estar agradecidos a estos chicos que iniciaron la competición como sospechosos. Veníamos de una mala racha desde que el gran equipo se le desmoronó a Del Bosque entre las manos en el Mundial de Brasil. Con Lopetegui todo parecía encaminado hasta que fichó por el Madrid. Rubiales le echó, entró Hierro un poco a rastras y el Mundial de Rusia nos dejó el ánimo por los suelos. Luego llegó Luis Enrique, cuyo mandato se interrumpió por su desgracia familiar. La interinidad de Robert Moreno, que iba bien, tuvo un final abrupto y feo. La Selección era ya una fuente de disgustos.

A este equipo hay que agradecerle que haya reenganchado a la afición. Aún hay reticentes que me hablan de cinco empates por una victoria. Es una forma de mirarlo. La otra es que han llegado a semifinales y han caído siendo mejores que Italia. Es un grupo que mezcla generaciones: el faro ha sido el venerable Busquets; quedan restos de la perdida ‘generación Isco’, con Morata como bandera; la mayoría minoritaria la forman los campeones de la Eurocopa Sub-21, la quinta de Olmo; y de remate, el benjamín Pedri. Todo encajado en un once de pie fino, disciplinado y enérgico. Un equipo sin figuras por el que da gusto verse representado.