Álvaro García Nieto

Hacerse el enfadado

Las cosas realmente importantes son las que aguantan cuando llegan las crisis. Si algo bueno trajo el descenso es que en el Espanyol se dejó de hablar de internacionalizar el club, de academias en Macondo y de acciones que nada tienen que ver con el fútbol. El Espanyol es un club bastante acomplejado. Y eso se puede ver, por ejemplo, en los arrebatos estériles contra el VAR y los árbitros que cada cierto tiempo lanzan a través de los medios. Siempre llegan a destiempo. Siempre llegan en forma de palabras vagas, de avisos pasivo-agresivos. Siempre llegan porque alguien les ha alertado. Siempre llegan con el freno de mano aún levantado. Parece un teatro. Ayer leía que el club había realizado llamadas a LaLiga, la RFEF y el estamento arbitral “con tono elevado” y no me pudo parecer más cómico. Y más falso. Aunque ocurriera. Me imagino a los otros levantando el teléfono y preguntándose “¿y ahora qué quieren estos histéricos?”, mientras responden con monosílabos.

En casa siempre nos reímos de aquella vez en la que mi madre se pasó todo el fin de semana estudiando con mi hermano para el examen del lunes, que acabó sabiéndoselo para notable. Unos días más tarde, cuando mi madre fue a hablar con el profesor y este le anunció que mi hermano lo había suspendido, mi madre dijo que imposible, que lo llevaba perfecto. El examen había sido el viernes anterior al fin de semana de estudio. En el Espanyol es así cada año. La temporada pasada, para justificar cargos incomprensibles, empezaron organizando canutazos improvisados contra el VAR. Y así fueron haciendo, según la presión de la afición, hasta el descenso.

Melendo y Fuego.

Mi conclusión es que nadie de dentro del club cree realmente que hay injusticias. Ni jugadores, ni entrenadores, ni directivos. Ninguna reacción es pasional, visceral, todas son de cara al público, para contentar al aficionado cabreado, pero sin llegar a ofender a las instituciones. Quizá deberían empezar a ensayar. O a ir más por libre. Recuerdo a Luis García decir aquello de “quien no llora, no mama”. Y los bebés lloran cada maldito día. Debería darles igual parecer bebés, si en ningún caso les van a tratar como a adultos.