La anarquía llega a Cornellà

Un arrebato. El novato Óscar Gil, que solo fue titular ante el Tenerife, había protagonizado un partido impreciso en todos los sentidos hasta el azucarado minuto 69. Se le iban los controles a la par que los rivales, no decidía bien y sus centros se perdían por la línea de fondo. Quizás solo él podía convertirse en el héroe de este Espanyol esclavo de una bipolaridad de estudio incluso para Freud. Cogió un centro de Pedrosa en la frontal, arrancó mirando al suelo y golpeó con furia un balón que se coló en la meta de Cristian Álvarez como bien podría haberse estrellado contra uno de los asientos azules y vacíos de la grada. Un gol que es un bote salvavidas de un Espanyol que veía acrecentar sus problemas en el mar de la Segunda.

La Revolución. Lejos de ese socialismo instaurado en el Espanyol desde la llegada de Vicente Moreno, en el que todos los jugadores iban a una y se percibía, con menor o mayor belleza, un plan de partido, confirmó el equipo perico ante el Zaragoza que ahora se ha instalado en la anarquía. Curioso que el equipo más capitalista de Segunda, o mejor dicho, de la historia de Segunda, haya tropezado en el desorden. Y de un estado a otro ha transcurrido apenas una semana. Ríanse de la Revolución de Francesa.

La psicología. Porque este Espanyol está experimentado los vaivenes de Segunda agravados por su fragilidad emocional. Hablamos de un equipo que no ha olvidado las secuelas que le dejó el curso pasado. Por un lado, su poco empuje cuando vienen mal dadas. Jugadores como Darder o Cabrera han hablado públicamente de ello. Y, en segundo lugar, el factor psicológico de lo que supone jugar en Segunda. No hay que engañarse, muchos jugadores no salieron del club debido al COVID-19, lo que añade más esfuerzos para evitar desconexiones y depresiones. Y todo ello deriva finalmente en aspectos tácticos y técnicos, en jugadores desubicados o en controles o pases fallados.

El Pelusa. En un partido que arrancó con el homenaje a Maradona (imágenes del Brasil-Argentina de Sarrià en el Mundial 1982 se veían en el marcador) hubo detalles propios de El Pelusa, como las caricias de Melendo al balón y sus pases milimétricos o el 2-0 de Darder, con un giro de cintura exquisito y un golpeó que tocó el palo antes de entrar. Alegrías de un partido gris: hasta al árbitro se le olvidó sacar el balón para que arrancase la segunda mitad. Quizás el fútbol del Espanyol sea así de simple. Cuando todo sale rodado, no hay rival. Cuando todo se tuerce, cambiar rápidamente la dinámica será el reto. Todo impredecible, como el juego, como la anarquía.