Zidane le dice a Koeman dónde se juega el Clásico

Hace tiempo que el Real Madrid se volvió ciclotímico, no ya entre temporadas, sino entre semanas. Después de las derrotas con el Cádiz y el Shakhtar, llegó al Camp Nou con malos pronósticos y el típico ruido de sables que producen los malos resultados en un club nervioso por naturaleza. No han faltado rumores, alusiones y suposiciones con respecto a Zinedine Zidane, que ha ganado todo pero conoce perfectamente las angustias de los habitantes del banquillo madridista. Con respecto a todos los que le han precedido, Zidane disfruta de una rarísima ventaja: su cualidad de escapista cuando las cosas se ponen feas. Es el Houdini del fútbol.

Zidane ha ganado la Copa de Europa en temporadas decepcionantes en la Liga y en la Copa. Ha soportado con entereza y buena mano las presiones que a otros técnicos les resultan insoportables en el Madrid. Conquistó su última Copa de Europa en una situación límite, sin otra escapatoria que pasar las eliminatorias con el París Saint Germain, Juventus y Bayern de Múnich. Un camino sin red al borde del abismo. Zidane sale de todas las emboscadas que propicia el fútbol. Lo confirmó en el Camp Nou.

El partido fue más entretenido que bueno, en la onda actual de dos equipos que esperan mejores tiempos. El Madrid no ha actuado en el mercado de verano y el Barça ha buscado jóvenes con escaso recorrido internacional. La economía, por diferentes motivos, pesa en la atonía de los dos grandes de la Liga. Es una perspectiva que pesó en el encuentro: Zidane confió en los veteranos, con razón.

Zidane y Koeman se saludan durante el Clásico del Camp Nou disputado el pasado sábado en Barcelona.

Courtois, Sergio Ramos, Modric, Casemiro, Kroos y Benzema forman el espinazo del equipo desde hace años, no importa la edad que tengan y las batallas que hayan librado. Modric no figuró entre los titulares, pero cuando ingresó marcó diferencias. Valverde ocupó con éxito su posición. Regresó el jugador infatigable, capaz de transitar por el campo a toda máquina. Añadió una excelente definición en el primer gol, con la venia de De Jong, que recuerda la estampa de las burbujas. Bonitas, livianas, intrascendentes.

Zidane fue Zidane, hizo lo que se esperaba en el partido, y Koeman se extravió en la segunda parte. Convirtió el gran clásico en un partido cualquiera de la liga holandesa, un Herenveen-Groningen, por ejemplo. El Barça igualó el partido después del gol de Ansu Fati, superó al Madrid en algunas fases del primer tiempo y estuvo en la pomada hasta el penalti de Lenglet a Ramos, una ingenuidad inexplicable del defensa en los tiempos del VAR, la lupa que todo lo agranda.

El Barça se desinfló en todos los aspectos. Se quedó sin gas, sin entusiasmo y sin ideas. El Madrid mantuvo la tensión, acentuó su solidez y encontró el cielo abierto en las decisiones de Koeman. El nuevo técnico del Barcelona se empeña en el plan 4-2-3-1, que no es bueno, ni malo. Depende de qué jugadores lo interpretan. Con Coutinho, el módulo se convierte indefectiblemente en un 4-2-4, imposible frente al Madrid durante un partido. Son partidos de adultos, sin lugar para las concesiones extravagantes.

El Madrid intuyó la catástrofe del Barça en la media hora final y estuvo a punto de atropellarlo. Marcó el tercero, de nuevo el interior derecha (Modric) se impuso al jugador de ese sector (De Jong), y tuvo el cuarto muy cerca. No extrañó a nadie: Coutinho y De Jong formaban la línea media barcelonista. No paraban a nadie. Fue un partido que el Madrid jugó y terminó con los jugadores adecuados. El Barça terminó el encuentro sin su mejor delantero (Ansu Fati), sin su centrocampista más acreditado (Busquets) y con Braithwaite en la delantera. De los 10 minutos de Griezmann no hubo rastro.