Lo más seguro es que se juega

El partido de resultado más inseguro de los que se juegan en España es, quizá, el que se disputa este sábado en Barcelona, entre el equipo de la ciudad y el titular más destacado de la ciudad de Madrid. Ambos lugares, decisivos en la historia de España, están ahora en una situación muy difícil, como consecuencia de la infausta pandemia. Y los equipos que representan la tradición del fútbol en ambas capitales viven una situación deportiva de extrema delicadeza.

Esta pandemia ha obligado, no solo en Madrid y Barcelona sino en todos los campos de España, a jugar sin público, circunstancia que significa menos espectáculo y una notoria tristeza tanto en los rostros de quienes juegan como de quienes miran jugar, incluidos los que los vemos por televisión. En este tiempo tan anómalo cabe esperar cualquier cosa, incluso que los equipos, hartos de jugar entre ellos sin otro estímulo que su soledad acompañada, decidan un día irse del campo como si nadie les estuviera haciendo caso.

Pero, hay que jugar, así son las cosas, e incluso hay que animar a los que disputan, en el caso del Barça-Madrid, lo que en tiempos más regulares se llamó el clásico de la temporada… Hay apuestas, locutores, comentaristas, jugadores preparándose para ser mejores que los contrarios. Es como un simulacro de normalidad. En ese esquema de simulación de que se juega el partido y éste tiene un desarrollo normal, algo falla en el engranaje. Y es el ánimo.

¿Cómo puede ser que haya entusiasmo sobre el césped si este juego parece un entrenamiento a puerta cerrada? Es admirable que profesionales de alto rango, acostumbrados a enfrentarse y a gritar en la atmósfera acolchada de un campo lleno de espectadores, se enfrenten en silencio como si estuvieran en misa, vigilados por sacerdotes que, desde el Var o desde la responsabilidad del arbitraje directo, dictaminan comportamientos o lesiones como si estuvieran ante colegiales perplejos. Pero, con gente o no, es fútbol, y este sábado es fútbol entre dos altos representantes de dos ciudades claves para el funcionamiento de un país en suspenso.

¿Qué pasará? Como barcelonista tengo miedo: el Madrid es el Madrid; desde los tiempos de Gento, cuando escuchaba el fútbol por la radio, siento pavor cuando el locutor (que hoy será Antonio Romero) explica que aquella galerna del Cantábrico (que ahora será un joven brasileño) enfila la portería. Enfrente estará ahora Flaquer, anunciando que Messi (aquel Luis Suárez) se prepara, pero por mucho entusiasmo que él añada a la presencia azulgrana sobre el césped del Nou Camp y por mucho que Messi esté disponible o risueño, siempre tendré en la mente a Gento preparándose a pasarle a Di Stéfano la pelota para que éste amenace de muerte la portería de Ramallets.

Si de chico escuchaba el bendito sonido del fútbol por la radio, como si no hubiera público porque no había imagen, por qué no va a ser emocionante también imaginar ahora que, junto a los que se alineen este sábado, también saltan aquellas leyendas gracias a las que, desde niño, espero que se juegue ese partido como quien espera un regalo de Reyes, aunque al final gane el que el destino decida. Y el destino a veces era Di Stéfano y a veces era aquel Luis Suárez I, que luego sería el añorado rey del Inter. Hasta que pase la hora la incertidumbre será un alimento dulce o amargo, pero lleno de la virtud de la añoranza.