El clásico es el Nadal-Djokovic

Hay cierta tendencia en los últimos años de señalar el Nadal-Federer como el clásico del tenis, seguramente por el recuerdo de batallas colosales, como aquel asalto del español al jardín del suizo en la mítica final de Wimbledon en 2008, o por el punto de ebullición que supuso en este deporte el aterrizaje de un irreverente joven de 19 años que osó discutir, con éxito, el trono del considerado más grande. Hay cierta tendencia también de proclamar a Federer como el número uno de la historia, pero realmente está por ver. El partido no ha terminado. Para empezar, Roger tiene el cara a cara desfavorable con sus dos rivales coetáneos, Nadal y Djokovic. Su gran losa. Y este mismo domingo, si el balear alzara su 13º Roland Garros, empataría con el suizo en la cúspide de títulos de Grand Slam, con 20.

El Nadal-Federer se ha disputado en 40 ocasiones, con balance a favor de Rafa de 24-16, pero, aunque sumen una cifra muy alta, aderezada por una rivalidad de época, son bastantes menos que los 55 duelos del Nadal-Djokovic, el partido más repetido en la historia del tenis. El verdadero clásico. En este caso, Nole tiene los enfrentamientos directos en su casillero, 29-26, aunque la cosa cambia si se disgregan los datos por superficies. En la tierra batida, que es la que nos atañe, Nadal vuelca los dígitos hacia su lado, 17-7, de los cuales son 6-1 en Roland Garros. El dominio sobre arcilla corresponde a Nadal, pero tampoco hay que fiarse, ni entregarse ciegamente a la estadística. Los datos siempre muestran diversos prismas. Desde 2013, por ejemplo, la balanza está igualada sobre tierra: 5-5. Además, los antecedentes son volteados una y otra vez por el crudo presente. Esta final es diferente a todas las anteriores: en otoño, con frío, con bolas duras, sin apenas público, con un año más en las piernas, con escaso rodaje durante el curso… Son los números uno y dos del mundo. Y todo puede pasar.