Segunda de Primera

Amo la Segunda División porque aún es una competición de verdad y los dos primeros puestos no están garantizados como si fuera una herencia. El consorcio bipolar de la Primera División española, terratenientes urbanos, sólo ha dejado los premios de consolación: Europa o no descender. El premio gordo es inalcanzable para la clase media.

Amo la Segunda División porque se parece a la vida. Nadie les hace caso, salvo cuando hay algún incidente entre el público o se despide a un entrenador. Los medios sólo miran la carnaza a través del cristal de la caridad.

Amo la Segunda División porque sólo les atienden los medios locales (excepto al RCE Espanyol, condenado al ostracismo en su propia ciudad,) y eso es la mejor escuela para un periodista: hacer crítica de alguien que, en su ciudad, es tan importante como el alcalde.

Amo la Segunda División porque me aterran los duopolios, la falta de diversidad y la vida en blanco y negro. Hay miles de maneras de estar en el mundo y muchísimos colores de los que disfrutar. Amo la Segunda División porque los jugadores aún no están desclasados y se les puede ver por la calle. Saludan a la gente y se encuentran con los aficionados en el súpermercado.

Amo la Segunda División porque es mucho más justa que la Primera. El VAR, por ejemplo, en vez de ayudar siempre al mismo equipo, perjudica a todos por igual.

Amo la Segunda División porque la intensidad está garantizada, y en vez de haber un delantero bueno por cada equipo, sólo hay uno en toda la Liga. Más difícil todavía. Amo la Segunda División porque, en el fondo, la odiamos y queremos ascender. Y nos damos cuenta de que el fútbol es más difícil de lo que parece.

Amo la Segunda División porque tiene equipos de grandes resonancias: Sporting, Racing, Rayo, Tenerife, Elche, Cádiz, Zaragoza, Deportivo, Las Palmas, Málaga, Numancia, Oviedo...También Huesca, Lugo, Albacete, Mirandés, Extremadura, Ponferradina, Girona, Fuenlabrada, Almería y Alcorcón. Esto no es una Segunda. Es una Segunda de Primera.