Deporte a puerta cerrada

El Real Madrid jugó anoche contra el Armani Milán a puerta cerrada. Sin público y sin periodistas. Sólo con lo justo: los jugadores, los técnicos y los árbitros. Fue un partido extraño. No es la primera vez que se celebra un evento deportivo con las gradas vacías, lo hemos visto en grandes estadios, pero esos precedentes habían sido por sanciones disciplinarias. Ahora ha entrado un factor nuevo: el peligro de contagio por coronavirus. Habrá que acostumbrarse, porque el Gobierno español recomendó este martes que los duelos contra equipos de los países más afectados se celebren también a puerta cerrada. El caso del Milán era diferente, porque no es lo mismo evitar la asistencia de aficionados de riesgo, que obligar a un equipo, en este caso el Madrid, a viajar a Lombardía, un foco virulento del patógeno. El cierre del pabellón estaba justificado, pero más se habría entendido un aplazamiento. La Euroliga, con un calendario encorsetado, prefirió continuar con la competición. El Madrid lo aceptó, aunque a regañadientes. El miedo es libre. Y tanto los jugadores como sus familias lo han sentido.

Algunos no tuvieron reparos en expresar ese temor: Rudy, Tavares, Thompkins, Campazzo… En un viaje relámpago, para pisar Italia lo menos posible, se atiborraron de mascarillas, guantes y geles de manos. Más allá de la amenaza que suponía para la salud, tampoco parecía el mejor estado de ánimo para competir al máximo nivel. Al arranque del partido me remito. La puerta cerrada puede ser una salida provisional, un parche a la espera de que la crisis se resuelva, pero no se entendería como una medida que se prolongara en el tiempo. Aunque el deporte sea un producto cada vez más televisivo, el público integra su esencia y también juega los partidos con su aliento desde la grada. La frialdad del Mediolanum Forum fue deporte sólo a medias. Prudente, necesario, pero incompleto.