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Brillante, vibrante, ¿por fin con apetito?

El Madrid salió de Ipurua con una gran nota, la mejor de la temporada sin duda alguna, y una pregunta que responder. ¿Mantendrá en este campeonato el grado de brillantez y vibración que le sirvió para barrer al Eibar? La Liga es larga, de naturaleza variable, sujeta a las dificultades del día a día, esfuerzo cotidiano que el Real Madrid ha desestimado en las dos últimas temporadas y que amenazaba con repetirlo en esta edición. Sin embargo, rara vez desde el éxito en la Liga 2016-2017 ha ofrecido una actuación tan irresistible como la de Ipurua. Es difícil pensar en otro campeón que el Madriºd si mantiene la misma fiebre.

No ha pasado un mes desde la derrota frente al Mallorca, partido que desató una tormenta mediática contra Zidane. Se pusieron apellidos a sus probables sustitutos, con Mourinho a la cabeza. El club mantuvo un silencio que se podía interpretar como cómplice (en otras ocasiones se han escuchado desmentidos oficiales) o desdeñoso a la posición crítica de la prensa, aunque los sectores más duros con el técnico eran los que invariablemente se alinean con el presidente.

Sobraban los motivos para la decepción. Las derrotas en París y Mallorca fueron las más preocupantes para el madridismo, pero los defectos remitían a las tristes temporadas anteriores: un equipo revenido, soso y distraído. Los actores invitaban al abatimiento que provoca el deja vu, la sensación de que todo estaba muy visto y, peor aún, gastado. El reintegro de Bale y James, destinados al traspaso durante todo el verano, profundizó en la idea de equipo desvitalizado. De hecho, Bale y James figuraron entre los pocos destacados de los primeros partidos. En cualquier caso, sonaba a contradicción, a vía muerta.

Modric y Valverde celebran el gol del uruguayo que cerraba la cuenta del Madrid en Ipurua.

Cualquiera que se pregunte por el Madrid que se adivina después de Eibar no incluirá a Bale y James en el elenco fetén del equipo. En el mejor de los casos, serán un recurso. En el peor, una distracción, especialmente Bale, cuya nebulosa situación se prolonga desde julio, cuando Zidane declaró que el traspaso del jugador galés sería más conveniente hoy que mañana. En noviembre sigue contestando a las incesantes preguntas sobre Bale y su futuro. Es un asunto que sólo puede producir distracción.

El festival del Madrid en Eibar venía precedido por dos goleadas a equipos débiles (Leganés y Galatasaray) y el empate con el Betis, después de desaprovechar una convincente media hora inicial. Luego regresó el equipo irregular, incapaz de completar un buen encuentro de punta a punta… Algo invitaba a un creciente optimismo. Zidane comenzó a tirar de una lista corta de jugadores. Fijó la alineación, con un par de posiciones sin dueño estable. Nada que ver con la alineación que se estrelló contra el Mallorca. Por ahí, diseñó el marco adecuado para progresar.

En medio de la irregularidad, el Madrid ha encontrado un par de grandes noticias. Una es el jovencísimo Rodrygo, que ha añadido goles, calidad y conexión con la hinchada. Otra es Valverde, futbolista casi oculto desde su llegada al Real Madrid. Su cesión al Depor redujo las expectativas, que no eran altas, excepto para Ramón Martínez, el hombre que requirió su fichaje y que nunca le ha perdido la fe. No era fácil. El Depor descendió a Segunda y el papel del jugador uruguayo fue anónimo en el equipo gallego.

Valverde ha tenido un efecto indiscutible sobre la vitalidad del equipo y en la respuesta de los centrocampistas. Modric y Kroos sienten por vez primera que tienen competencia. Valverde mejora sus prestaciones en cada partido y comienza a saltar peldaños: de recurso poco relevante a jugador útil y de futbolista útil a necesario en los últimos partidos. Nadie le quitaría la titularidad en estos momentos.

La tercera noticia es el despegue de Eden Hazard, después de un tenue comienzo de temporada. En Ipurua se pareció a su mejor versión, y eso son palabras mayores. Todo anima en definitiva a pensar en un Madrid de gran calado. Sólo le falta superar el insalvable obstáculo de las últimas temporadas: el apetito cotidiano que se exige en la Liga.