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El conflicto singular que deforma al Barcelona

La engañosa posición clasificatoria en LaLiga y la Champions no esconde los síntomas de declive futbolístico del Barcelona. Se ha olvidado del juego, su fiabilidad con balón se emborrona y se descoordina con demasiada facilidad en la respuesta defensiva. Le afecta la epidemia del desgobierno.

La relación perdida. La involución del Barcelona empieza en fase de posesión. La salida desde atrás resulta muy reveladora. Ante rivales que instauran un bloque medio-alto de presión, no gestiona los primeros pases para sostener su progresión. Piqué y Lenglet no dividen y buscan a Busquets y los interiores, que reciben de espaldas con limitada capacidad de giro. Valverde ha pretendido en algunos encuentros como ante el Slavia juntar a dos centrocampistas para afinar la creación, pero la medida se queda corta. La tendencia apremia al Barcelona y le hace tomar resoluciones equivocadas. El empeño de Piqué contra el Levante de salir con envíos en largo —nueve pases— sólo aumentó la confusión en un equipo en el que Messi o Griezmann no van a bajar balones desde el aire. Más cercano es el precedente del Slavia y ese sistema tan creativo de Trpisovsky de 1-6-1-2-1 que se le indigestó al comprimirse los espacios.

Falta de fluidez. No le termina de alcanzar al Barcelona en los ataques posicionales. Sólo la alianza de Messi y Jordi Alba parece la única jugada segura en su plan. Los retoques de Valverde, encaminados a ganar profundidad y altura, funcionan a medias. Los interiores —De Jong y Arthur normalmente— se intercalan a la espalda de los medios rivales, pero falta un punto de viveza. Vidal incluso hace las veces de falso delantero para estirar al equipo y ofrecer una pauta de llegada. Por dentro no se encuentra el Barça, pese a Messi. Ya ataca más por las bandas que por el carril central: 26 acciones por la derecha, 22 por el medio y 27 por la izquierda. Valverde quiere abrir el campo, de ahí la posición tan discutible de Griezmann. La primera parte contra el Levante centró algo su ubicación y se vio a Semedo aparecer arriba.

El dato. La dificultades en la elaboración generan una propensión a verticalizar el juego que viene ya de la época de Luis Enrique, aunque se ha agudizado con Valverde. Su cuota de posesión ronda el 63% en los tres últimos años, cuando no bajaba del 65% desde 2008 y que llegó a cifras de más del 70%. El descontrol del balón tensiona su estructura.

La desconexión. Valverde no renuncia a la presión alta como método protector. Espera una activación rápida tras pérdida para forzar el error ajeno. Sin embargo, el Barcelona no se muestra como un colectivo firme. El Inter sacó punta a su falta de agrupamiento al atraer a los medios y laterales, que no tuvieron el acompañamiento de los centrales. La pasividad de Messi y el decaimiento de Luis Suárez en la repetición de esfuerzos perforan aún más el escudo azulgrana. Busquets y los interiores saltan y por detrás queda un vacío que antes arreglaba Rakitic. El Barça no recupera de forma continua —cinco y siete robos menos que en los cursos anteriores, respectivamente— y queda expuesto en el repliegue con Piqué y Lenglet muy solos. Los rivales pueden avanzar en transición con ventaja. El Slavia le hizo 37 contraataques entre los dos partidos y el Levante, 18. La distancia entre líneas también se aprecia en jugadas más posicionales. De Jong y Arthur salen a apretar y los centrales o Busquets no les secundan. El gol de Mayoral fue muy significativo en este aspecto. El reseteo culé pasa por volver a la estrategia que le diferenció. El Barcelona debe reparar en el juego.