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Márquez se desquita

Se mantenía como líder sólido del Mundial, su objetivo no peligraba en absoluto. Sin embargo, resultaba evidente que Márquez no se sentía satisfecho con el devenir de los acontecimientos en las últimas carreras de MotoGP. Ceder por dos ocasiones en la última vuelta no es plato de buen gusto para un ganador como él, por mucho que sus ambiciones al título se mantuvieran inalteradas, incluso se incrementaban. Lo ha explicado él mismo con claridad al acabar el GP de San Marino, al asegurar que “no hubiera dormido tranquilo” de no haber intentado arrebatarle el triunfo a Quartararo, que sin duda lo merecía y nadie hubiera discutido otra estrategia del español. Aunque ése no es el Márquez que enamora: inconformista, insaciable, ambicioso. Un campeón, en definitiva.

Necesitaba reconciliarse con la gloria de la victoria, jaleado además por el escenario, por el entorno. Tenía la oportunidad de dar un golpe en la mesa en la casa de su enemigo íntimo y no ha desperdiciado la oportunidad. Sobre todo después del nuevo episodio de su enfrentamiento durante la calificación del sábado. Porque nos pongamos como nos pongamos, la reconciliación entre Márquez y Rossi suena a utopía, son dos locomotoras en riesgo permanente de colisión, la que se dirige hacia el futuro y la que ya solo vive del pasado. Tampoco hay que exagerar con el asunto, es ley de vida, un fenómeno tan antiguo como la competición, como el deporte. Lo que ocurre es que Valentino tira de coraje para azuzar a su enemigo y, a la postre, no es capaz de aguantar el farol. Y entonces pasa lo que pasa...