Competición
  • Bundesliga
  • Liga Portuguesa
Bundesliga
Liga Portuguesa
Nicolás Mirelman

Gallardo, el intérprete

"Para mí es un privilegio ocupar el lugar que deja uno de los entrenadores que más satisfacciones le ha dado al hincha de River". El 6 de junio de 2014, Marcelo Gallardo irrumpió en Núñez con un peinado muy similar al que tenía cuando jugaba y un saco gris que le quedaba algo fingido, como el que se pone un adolescente cuando va a una fiesta de 15.

A un lado estaba Rodolfo D’Onofrio y al otro Enzo Francescoli, ambos con la ilusión renovada, pero todavía masticando bronca por la intempestiva salida de Ramón Díaz. El flamante DT presentó a su grupo de trabajo e hizo una breve declaración de principios: "Quiero un equipo que ataque defendiéndose bien, como corresponde. Pero con una cultura futbolística con la que los hinchas se sientan reconocidos".

Cinco años después, la historia cuenta que aquellos lineamientos iniciales no sólo fueron respetados a rajatabla, sino que tanto las expectativas de quienes confiaban en su potencial como el recelo de quienes lo miraban de reojo quedaron sepultados ante la incuestionable realidad: además de superar en títulos a su antecesor en el cargo, forjó un dominio en el continente sin precedentes para el club y sometió como nunca antes al rival de toda la vida.

Pero aunque los trofeos sean los que quedan en las vitrinas como prueba física de los logros conseguidos, el Muñeco obtuvo también un premio intangible que exalta su figura: se convirtió en el mejor intérprete del sentimiento de los riverplatenses. Una especie de guía espiritual, aquel que siempre sabe qué camino tomar y qué palabras quieren escuchar sus fieles, en la victoria y en la derrota.

Fue el que se dio cuenta de que valía la pena arriesgarse a perder un torneo local para apostar a que, por fin, el Millonario pudiera dar el gran paso hacia el plano internacional. El que sentenció "Que venga el que sea" después de una angustiosa clasificación a octavos de final en la primera Copa Libertadores que dirigió. El que declamó "Vamos por más" en plenos festejos tras haber salido campeón de América en esa misma edición. El que en las malas explicó que se quedaba para redoblar apuestas. El que alguna vez contuvo a la gente y le dijo que se quedara tranquila. El que infló el pecho por estar "en el lugar más lindo del mundo" después de su caída más dolorosa. El que le pidió al hincha que creyera porque tenía con qué creer.

Gallardo se convirtió en esa suerte de divinidad porque fue capaz de meter en una coctelera todos los ingredientes que incorporó a lo largo de su vida. Tomó lo mejor de la identidad del club en el que creció, canalizó positivamente sus frustraciones contra Boca y sus decepciones en competiciones sudamericanas y a eso le sumó su carácter personal, su capacidad de docencia y su capacitación profesional. Acompañado de un cuerpo técnico que estuvo a la altura, desde el primer momento tenía en claro que el objetivo era cambiar la historia. Su historia.

En el medio, el destino le hizo algunos guiños que fortalecieron la mística de un plantel -y luego de otro- para cimentar una versión superadora de la institución que poco tiempo antes se había reconstruido desde sus propias cenizas.

Hoy, de su mano, los hinchas de River caminan con la frente en alto y sienten ese extraño orgullo que experimentan los futboleros cuando los ajenos les reconocen los méritos de sus equipos en la oficina, en la facultad, en el colegio. Y, sobre todo, los hinchas de River asumieron como propio su nuevo ADN.

El club siempre ganador que se caracterizó por reinar en el fútbol argentino en base a un juego elegante que en muchas ocasiones no fue suficiente para los desafíos internacionales, ahora es respetado y temido como pocas veces lo había sido por todos sus rivales del país y también de la región.

En el Monumental, partido tras partido, se respira la sensación de que todo va a salir bien. Y de que, aún cuando saliera mal, nunca se traicionaría lo que propuso en su primera conferencia el conductor del tren, el realizador de todos los sueños pendientes: "No podemos desatender la historia de River".