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A las finales se va llorado de casa

Dicen los terapeutas que cuando alguien ha sufrido un gran trauma, lo mejor es verbalizarlo. Normalmente, esa verbalización no surge de inmediato (bueno, a algunos como Luis Suárez les salió de forma instantánea). La pena anida en el ánimo del deprimido y va comiéndose por dentro al afectado que se olvida de sonreír, pasa a ser un una persona taciturna y queda aplastado por el peso de la culpa y la pérdida.

Un día, según los terapeutas, resulta que encuentran a alguien que escuche cuando tienen ganas de hablar y ahí se produce una catarsis. Vomitar literalmente los sentimientos. Explicar que -en el caso que nos ocupa- el partido de Liverpool fue “lamentable”, que "nos pasaron por encima", "no competimos” o “no esperaba que nos diesen la vuelta” sirve para realizar un psicodrama tan doloroso como necesario de cara a la final de Copa del Rey contra el Valencia. Porque como bien se dice, y es una verdad como un templo, las finales no se juegan, se ganan, pero también es cierto que a las finales se ha de ir ya llorado de casa.

Messi ofició la primera parte de una catarsis blaugrana en Sant Joan Despí que no va a servir de nada si en el Benito Villamarín no se escenifica la segunda parte, que no puede ser otra que ganar esta final que hasta ayer era más un problema que una solución. Si se pierde, el boquete de Anfield se transformará automáticamente en el Túnel del Montblanc. Si se gana, quedará como una herida que, tras una larga convalecencia, podrá superarse. Lo que no puede admitirse de ninguna forma es salir gimoteando al campo.

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