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Ojo: del VAR no esperemos la perfección

Ojo: el VAR no es la perfección. El VAR no es una máquina, salvo para jugadas ‘geográficas’ (alquien prefiere llamarlas ‘geométricas’, tengo que preguntarle a Álex Grijelmo, yo casi me inclino por ‘trigonométricas’) o sea, las que son de cajón. Aún en esas, un colaborador nuestro, revelación en su día de ‘El Chiringuito’, Nacho Tellado, adviritió que ‘los puntos de fuga’ no están bien definidos. LaLiga hizo oídos sordos a esta denuncia, confiando en que en los partidos entre los grandes haya suficientes cámaras como para que se afine lo justo en los fueras de juego. Que así sea. La inquietud con el VAR no es sólo ‘geográfica’. O geométrica.

'Cuando entonces' (como escribía Umbral) un árbitro decidía sobre la marcha, a 180 pulsaciones, quizá tapado, quizá en el instante justo del parpadeo que le impedía apreciar el detalle decisivo. Pues hoy resulta que más allá del árbitro que jadea y se agobia hay otro tan capacitado como él, incluso intercambiable, semana a semana, que controla desde un cuartito en el que se repasan todas las jugadas. Es el cuarto del VAR, espacio mágico. Sólo desde ahí se puede avisar al árbitro de abajo si se entiende que se le ha escapado una jugada. El problema es cuándo avisarle. Cuándo, entre colegas, hacer algo que está entre la denuncia y la ayuda.

Y ahí estamos, en una especie de arbitraje a dúo, difícil de resolver. El árbitro de abajo, el de toda la vida, tiene la instrucción de arbitrar ‘como cuando entonces’, como si no hubiera VAR. Sólo que arriba hay uno que vete a saber por dónde le sale. Puede ser un puñetero que interviene mucho para hacer méritos o un pacato que prefiere no molestar, para que a su vez no le molesten a él la semana que viene. En este lío todos estamos aprendiendo. Hay fallos serios, muy a la vista, pero se han corregido errores, que sin el VAR no hubieran tenido arreglo. El lado malo es que cuando ahora hay una pifia ya no se acepta como algo inevitable.