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¿Ha contado Zidane toda la verdad?

Zinedine Zidane se marcha del Real Madrid por la puerta grande. No sólo ha cortado numerosas orejas de distinto valor y tres rabos en tardes ya históricas, lo que cualquier club del mundo envidiaría, ¡merci, monsieur Zidane!, sino que se despide de forma elegante y correcta marca de la casa.

El laureado técnico y jugador lo ha explicado con razones que yo encuentro muy creíbles. Piensa que se ha acabado un ciclo, que es harto problemático que el Madrid pueda seguir escalando cumbres con él, que parece aconsejable un cambio y que se aparta ahora para que la directiva tenga tiempo de planificar el futuro. Una vez más ha sido cortés, consciente de los intereses del club, generoso y nada pesetero.

Ahora, debiendo eso ser totalmente cierto, ¿se encuentran ahí todas las razones para su marcha o sólo una parte, sustancial, eso sí, de ellas? Es humano que el entrenador francés haya tenido un cierto mareo o vértigo al verse en la cumbre y no saber si podría escalar con el mismo resultado la siguiente. Pero ¿por qué no podía intentarlo? Aunque el año que viene no conquistara la Champions y se contentara con la Liga continuaría en olor de santidad. La afición lo ama y la casi totalidad de la plantilla lo venera.

Zidane ha debido intuir dos cosas: la diosa fortuna no duerme eternamente contigo y el oasis de la plantilla, por causas intrínsecas y foráneas, puede que se alterase sensiblemente. La aprensión sobre la eventual volubilidad de la fortuna debe estar en la mente de Zidane como en la de muchos de nosotros. A mí me encanta el galo, admiro su serenidad, su manejo de la plantilla y lo voy a echar de menos, pero no estoy ciego: ha tenido en abundantes momentos decisivos una suerte parecida a la de Miguel Muñoz.

En la temporada pasada en la Liga, en esta en la Copa de Europa. El equipo y él lo merecían, pero suerte ha habido. La final de la Champions es un buen ejemplo. El Real Madrid era mejor y al final del encuentro un observador de Marte habría concluido irremediablemente que los blancos obtenían un triunfo merecido.

Con todo, antes llegó la lesión, totalmente fortuita, en contra de lo que susurran los enemigos del Madrid, del mejor jugador del Liverpool y luego las dos excentricidades clamorosas del portero rival. El gol de Bale, casi opacando al de Cristiano para desesperación del portugués, queda como un póster para el siglo XXI, pero dos pifias gordas del cancerbero… ¡Hombre! Algo nunca visto en un partido importante. Bastante suerte.

Y vamos con los problemas que plantea la plantilla. De un lado van cogiendo una cierta edad Cristiano, Modric… Esto lo sabe Zidane mejor que nadie. De otro, el entrenador maestro en el manejo de los egos del vestuario, tan maestro que ha convencido a Cristiano para que no juegue todos los partidos, no sabe si los egos van a estar tan dóciles en el futuro. Bale, aunque nunca llegará a tachar a Zidane de racista como ha hecho Yaya Touré con Pep Guardiola, ni tampoco lo torpedeará públicamente como Margallo con Doña Soraya, está claro que ya le tiene ojeriza al míster. Si no fuera así no se habría pronunciado desabridamente, intempestivamente, en los minutos siguientes a la final.

El francés ha hecho bien en sentarlo intermitentemente. Sería inconcebible, blasfemo, que le diera titularidad constante en detrimento de Isco o del joven mallorquín zurdo, el del envidiable desparpajo, pero es difícil que Bale lo entienda. Ya tendría Zidane en el futuro un jugador claramente descontento. El entrenador, por otra parte, debe saber que en las directivas no gusta que se siente a un elemento que ha costado una fortuna. ¿Temería tener presiones en ese sentido? ¿Las ha sufrido? Zidane es una tumba.

Con la plantilla está relacionado el tema de los descartes y fichajes. Zidane ganó el pulso de Keylor Navas, la temporada le ha dado la razón, pero no es seguro que lo ganase si se plantea de nuevo. También debe colegir que tanto en la permanencia de Cristiano, como en la eventual llegada de Neymar, el presidente o la directiva no deben estar claramente de acuerdo con él. Si le doblan el brazo en cualquiera de los casos importantes, su amor propio y su autoridad en el club se resentirían. Debe aborrecer esto.

Le tiro a Zidane mi sombrero en su repetida vuelta al ruedo. Le mandaría mi último libro para que se relaje. Escribiría con él sus memorias. Le estoy reconocido. Sigo, no obstante, convencido de que, sin faltar a la verdad, las elucubraciones que he esbozado han influido también en su decisión.

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