Espectáculo, emociones y jugar bien
Tras la muerte de Cruyff, algunos lamentaban que son muy pocos quienes de verdad han seguido sus arriesgados pasos. Como si fuera fácil, como si el juego de Federer estuviera al alcance de todos los tenistas. También hay corrientes contrarias, y tiki-taka, mourinhismo y otras simplificaciones nacieron a uno y otro lado de la trinchera en los últimos años.
Pero huyamos de los extremos porque es el término medio, la mezcla entre instinto y cerebro, entre finura técnica y agresividad competitiva, la verdadera clave del éxito del fútbol español. Y en ese crisol tan complejo, cada hinchada tiene unos cánones diferentes que le gusta ver satisfechos por los jugadores a los que apoya. Esa mágica unión entre afición y equipo es el tribunal supremo donde se determina qué es jugar bien. Con una verdad universal presidiendo el juicio: el fin de todo es que esas emociones tengan éxito y que nuestro equipo gane.
Más allá de resultados, el sábado nos dejó interesantes lecturas en estos términos. Sin haberse secado aún las lágrimas por Cruyff, el Camp Nou, acostumbrado a su orquesta sinfónica que nunca desafina, se llevó una decepción más grande que la derrota, la sensación de ver a su equipo convertido en una charanga de barrio los últimos minutos de partido.
La afición madridista se llevó una alegría inmensa y, debido a la coyuntura, a nadie se le ocurriría quejarse por ver al jugador más caro de la historia sacando de banda al corazón del área o al segundo más caro defendiendo como un lateral a la altura de sus centrales. Ambos equipos transmitieron emociones y a partir de eso cada cual determina quién jugó bien y quién mal. Hubo unanimidad y la consecuencia se vio en el marcador, aunque ya sabemos que la grandeza del fútbol también se basa en que eso no siempre es así.
Unas horas antes, el Calderón obligó a sus jugadores a regresar al campo para que les quedara claro que lo que están haciendo partido a partido sobre el césped llega al fondo del corazón de los que se sientan en las gradas. Y sólo les pedían que ante el Barcelona les emocionen compitiendo. Eso es jugar bien para la hinchada rojiblanca.
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Luego siempre habrá quien a posteriori le dé por decir que es vergonzoso sobar tanto el balón para disparar menos que el rival, o que es patético tener 400 millones de euros en el once y acabar metiendo los saques de banda directos al área, o que es incomprensible como ante un equipito holandés se tiene que llegar a una agónica tanda de penaltis.
Por ahí el debate de qué es jugar bien jamás encontrará solución. Conviene, como en todos los fenómenos convertidos en espectáculo, dejar disfrutar a los demás de sus gustos y tratar de disfrutar con los de uno. Y dar gracias al fútbol por su infinita capacidad para emocionar.




