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La eficacia concienzuda

La eficacia concienzuda

Messi es exactamente de su mundo. Lo provocó Marcelo, lo persiguió Pepe, pero él tenía una idea fija, meter goles. Le abrió el paso a Iniesta, que hizo un gol perfecto; esta vez le centró al centro de la desesperación de Casillas. Importunado por un equipo madridista voluntarioso, tras el gol de carambola de Ramos (¿o de Cristiano?), Messi marcó un gol que parecía el reflejo de su otra cara, el de la eficacia concienzuda: recogió el taconazo de Piqué y se llenó de esa determinación con que convierte en oro las ocasiones mediocres.

El Madrid superó su ansiedad, y aprovechó las carencias que padeció el Barça en los córners para romper la placidez azulgrana y empezó el tobogán de lo vulgar. El empate puso en marcha lo peor de algunos de los más tozudos (Pepe, Marcelo), pero centró Fábregas a Messi, que se la pasó a Adriano para luego rematar él. Esa tangana oscurece los goles, pero esos tantos de Messi son otra vez lo mejor del fútbol.