Cuando La Roja destiñe en rosa

Cuando La Roja destiñe en rosa

De repente, resulta que en Flandes se ha vuelto a poner el sol. Nuestra Selección de fútbol, flamante campeona del mundo, fue goleada en Buenos Aires. Allí ya hacen chanza de ello: "España, devuelve la Copa". Menos de 24 horas después, la también campeona del mundo Selección de baloncesto cayó en cuartos de final ante Serbia, tierra de vieja tradición deportiva, pero al fin y al cabo una quinta parte de lo que no hace mucho era Yugoslavia. El triple de un tal Teodosic, que desde ahora queda incorporado a la vieja leyenda fatalista del deporte español, nos dejó fuera. Me siento como si nos hubieran hundido dos portaaviones.

Tendremos que confesar que un poco nos lo hemos merecido. Dicen que Dios confunde a los que quiere perder. Posiblemente nos hemos sentido más de lo que éramos. Del Bosque, con esa forma de ser tan suya, decidió que el partido de Argentina sirviera para que jugaran todos lo que no lo habían hecho en Liechtenstein. La consecuencia fue un equipo menor, y el castigo una goleada, quizá excesiva, pero merecida desde un punto de vista moral: España no acudió a ese partido con el entusiasmo y la dignidad propios de quien defiende la estrella de campeones del mundo. En ese mismo momento estaba derrotada.

No puedo decir nada mejor de la de baloncesto, que asumió resignada la ausencia de Pau Gasol, su mejor jugador. Convertido en estrella de la NBA, se ve que esto le quedaba pequeño. Dejó la tarea a otros. De esos otros, encima, se lesionó uno, Calderón. Tampoco nos sobra tanto en baloncesto como para ganar un Mundial concediendo tantas ventajas. Gasol vio el partido desde el puesto de comentarista, demasiado lujo. Verle ahí entre Itu y Epi era verle en otra época, en otro mundo, en otra circunstancia. España es muy buena en casi todo, pero si vamos de sobrados, dejaremos de serlo.