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Nadal: un tenista de otro planeta

Nadal: un tenista de otro planeta

La final de Roland Garros del pasado domingo no se disputó en París, no... eso no pudo jugarse en este planeta. Estoy seguro de que fue en Marte o más allá porque, sencillamente, lo de Nadal fue de otro planeta.

Llegó a todas las bolas, es imbatible en tierra batida, indestructible e invulnerable, levantando bolas más profundas que el horizonte justo cuando Soderling ya alzaba los brazos pensando que había ganado el punto. Pero no, no lo había ganado, era imposible porque jugaba nada menos que contra Nadal, que te devuelve bolas hasta en el mismísimo abismo.

El magnífico Rafa, jugando perfecto, sin perder ni uno de sus saques y desquiciando a Soderling al mandarle (entre otras cosas) bolas tan altas como la Torre Eiffel, se llevó nada menos que su quinto Roland Garros, convirtiéndose con ello en el quinto mosquetero.

Jugando un tenis de otro planeta, cuando finalmente gana te encuentras a un tipo humano, con la humildad que sólo tienen los más grandes, revolcado sobre el brillante polvo de ladrillo de la pista central parisina y llorando de una manera que te hace estremecer. Y luego descubres que no se para a celebrarlo, sino que se va a entrenar, que se apunta al torneo de Queens sobre hierba con el fin de prepararse debidamente para afrontar el próximo grande: Wimbledon. Que ya habrá tiempo para celebrarlo después del prestigioso torneo británico. En fin, todo un deportista y, además, un gran señor con sólo 24 años. ¡Enhorabuena, campeón!

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