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En defensa de la ilusión y la alegría

En defensa de la ilusión y la alegría

En mis conversaciones con amigos no madridistas escuché ayer todo tipo de reproches hacia la presentación de Cristiano Ronaldo, aún antes de producirse. Los argumentos aludían a la prepotencia, a la megalomanía y, según se acercaba la hora y se concentraban miles de aficionados alrededor del estadio, en las críticas percibí un cierto desdén hacia quienes habían decidido pasar la tarde en el Bernabéu. Hay opiniones para todos los gustos y entiendo que para los aficionados de otros colores sea complicado asumir la repercusión mediática del Real Madrid. Sin embargo, al margen de las filiaciones de cada cual, defiendo la presentación de Cristiano (y lo mismo vale con Kaká y los que lleguen) como una sana y libre exaltación de la ilusión y la alegría. Nada hay de malo en esto, al contrario. Es muy positivo convertir en fiesta el entrefútbol, abrir las puertas, dejar pasar. Para quien no había entrado jamás en el estadio la de ayer será una ocasión inolvidable, un modo de participar, de integrarse. Y pienso ahora en los cientos de inmigrantes que se reunieron en las gradas, en los turistas y en los niños. En los menos habituales.

Salvo ciertas carencias en la coreografía, la presentación tuvo, por lo demás, el valor de rendir homenaje, ante 85.000 personas, al mítico Eusebio. Para los veteranos fue entrañable y para los jóvenes servirá de lección de historia. Hubo otros cuerpos de pantera antes que Cristiano. Y conviene recordarlo. El buen aficionado atesora dos fidelidades: en el ahora y en el después.