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Miguel de Cervantes, escritor: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

La célebre frase de Don Quijote no es sólo una cita hermosa, sino una declaración moral que atraviesa la novela y ayuda a entender la España de Cervantes y también la nuestra.

Don Quijote de la Mancha
Francisco Alberto Serrano Acosta
Coordinador de Redacción
Apasionado de los videojuegos desde que tiene uso de razón, Francisco Alberto ha dedicado su vida a escribir y hablar de ellos. Redactor en MeriStation desde el 2000 y actual coordinador de redacción, sigue empeñado en celebrar el videojuego de ayer y de hoy en todas sus ilimitadas formas de manifestarse.
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Hay frases que sobreviven porque resuenan igual con el paso de los siglos, y hay otras que además permanecen porque contienen una verdad siempre vigente. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos” pertenece a la rara categoría en la que coinciden ambas cosas. No es sólo una de las líneas más recordadas de Miguel de Cervantes, sino una de esas sentencias que parecen escritas para cada época que se cree nueva y, sin embargo, vuelve a tropezar con los mismos viejos problemas: el abuso del poder, la comodidad de la obediencia, el precio de la dignidad.

La frase aparece en la segunda parte de ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, y no conviene leerla como un adorno o una ocurrencia. En Cervantes, la libertad no es una idea abstracta. Es la posibilidad de elegir, incluso cuando esa elección conduce al error, al ridículo o a la derrota. Quizá por eso sigue sonando con tanta fuerza. Porque no nace de un tratado teórico, sino de una novela atravesada por la la vida real.

Miguel de Cervantes, escritor: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

Una reflexión desde la experiencia personal

Conviene recordar también quién escribe eso. Cervantes no fue un autor encerrado en una torre de marfil, sino un hombre golpeado por su tiempo. Soldado en Lepanto, cautivo durante años en Argel, funcionario mal pagado, hombre endeudado, escritor tardíamente reconocido. Su obra no surge de una existencia protegida, sino de una vida marcada por la fragilidad. Y precisamente por eso su defensa de la libertad adquiere un valor especial. No habla como quien la da por supuesta, sino como quien sabe lo que cuesta perderla.

En ‘Don Quijote’, además, la libertad convive con una paradoja. El hidalgo manchego puede parecer el menos libre de los hombres, preso de sus lecturas, de su imaginación y de una visión del mundo que choca brutalmente con la realidad. Pero también es, a su manera extravagante, uno de los más libres. Decide vivir según un ideal, aunque el mundo lo castigue por ello. Sancho, más terrenal, más prudente, escucha esa lección desde el suelo firme de la necesidad. Entre ambos se construye una conversación que todavía hoy resulta reconocible: la tensión entre el sueño y la supervivencia, entre la aspiración moral y el peso de lo diario.

Por eso la frase no ha envejecido. Sigue interpelando porque recuerda algo elemental que a menudo se olvida: la libertad rara vez desaparece de golpe, casi siempre se entrega poco a poco, en nombre de la seguridad, de la costumbre o de la conveniencia. Es por ello que Don Quijote sigue vivo, porque en medio de sus desventuras, sus derrotas y sus espejismos dejó frases que siguen explicando aspectos esenciales del ser humano.

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