Josep Piera, escritor: “Las Fallas son la expresión del alma colectiva del pueblo valenciano, de fuego y ceniza que renace, como el mito del Ave Fénix.”
De antiguas hogueras de marzo a gran liturgia urbana del fuego, las Fallas condensan sátira, memoria y renacimiento.


Antes de cualquier otra cosa, las Fallas fueron fuego en mitad de la calle. Madera vieja, restos del invierno, un barrio reunido alrededor de una llama que servía para cerrar una estación y abrir otra. Con el tiempo, aquella combustión humilde se convirtió en una de las grandes liturgias populares de España, pero en el fondo la fiesta sigue obedeciendo al mismo impulso: quemar para empezar de nuevo.
Las Fallas son la expresión del alma colectiva del pueblo valenciano, de su alma satírica, grotesca, desvergonzada, risueña, estridente… y olvidadiza, apasionada, de fuego y ceniza que renace, como el mito del Ave Fénix.”
Josep Piera
Por eso sigue teniendo tanta fuerza la definición que dejó Josep Piera cuando escribió que las Fallas son “la expresión del alma colectiva del pueblo valenciano”. No hablaba sólo de una celebración vistosa, sino de una manera de ser. En su frase caben la sátira, el exceso, la desvergüenza, la alegría y también una idea más honda: la de una comunidad que se representa a sí misma a través de monumentos efímeros destinados a desaparecer entre llamas.
El idioma del fuego
La historia de las Fallas suele explicarse a partir de dos raíces que acaban entrelazándose. Por un lado, los antiguos rituales del fuego asociados al final del invierno y a la llegada de la primavera. Por otro, la tradición de los carpinteros valencianos, que en torno a San José quemaban en la calle maderas sobrantes, trastos viejos y los parots que habían sostenido los candiles durante los meses oscuros. De esa costumbre práctica nació, poco a poco, una fiesta cada vez más compleja, artística y cargada de intención.
Piera entendió además algo decisivo: que el fuego no sólo destruye, también consagra. La cremà no es el final triste de una obra trabajada durante meses, sino la culminación de su sentido. Todo en las Fallas está hecho para durar poco y dejar huella mucho tiempo. Por eso su imagen del Ave Fénix resulta precisa. La ceniza no clausura la fiesta, la prepara. Valencia arde para volver a imaginarse.

Esa mirada conecta de forma natural con la obra del propio Josep Piera. Nacido en la Safor y profundamente ligado al paisaje, a la lengua y a la memoria mediterránea, el escritor ha construido una literatura atenta a la tierra, al habla, a la memoria cultural y a la celebración de lo efímero. Incluso cuando se aleja del tema fallero, su obra regresa una y otra vez a esa mezcla de identidad, paisaje y conciencia del tiempo que también late bajo los monumentos que se alzan y se queman cada marzo.
Más allá del turismo y las masificaciones, las Fallas perduran como verdad popular, contradictoria y luminosa, donde conviven la burla y la emoción, la crítica y la fiesta, la memoria y el olvido. Hay pueblos que se explican con monumentos que buscan la eternidad. Valencia prefiere explicarse con figuras de cartón, una plaza encendida y el resplandor breve de lo que sabe que va a perderse.
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