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Monday, 10 de December de 2018

JUEGOS OLÍMPICOSHistoria

1904 | SAN LUIS

San Luis

Cartel anunciador de los Juegos Olímpicos de San Luis de 1904

La surrealista maratón que ganó el payaso Hicks

ÁNGEL CRUZ

Estados Unidos acogió por vez primera los Juegos Olímpicos en el año 1904 y lo hizo en San Luis, que fue elegida frente a la otra candidata, Chicago, por decisión directa de Theodore Roosevelt, el vigésimo sexto presidente americano. Hubo poca presencia internacional, ya que en aquel tiempo no existían las comunicaciones aéreas, los viajes por barco eran muy costosos y los europeos no acudieron masivamente, de forma que Estados Unidos acaparó la inmensa cantidad de medallas: 244, por sólo dieciséis del segundo país en la tabla, Alemania. Entonces no había cupo de tres deportistas por equipo nacional, de forma que en muchas especialidades todos los deportistas defendían al 'Tío Sam'. Por cierto, que en Saint Louis se instauró y se perpetuó la costumbre de entregar medallas de oro, plata y bronce a los tres primeros clasificados en cada competición.

Al igual que había sucedido cuatro años antes en París, los Juegos se inscribieron en la Exposición Universal de la ciudad de Missouri, y, también se expandieron en el tiempo: comenzaron el 1 de julio y finalizaron el 23 de noviembre. Y en muchos casos pasaron inadvertidos. Lo más relevante fue la carrera de maratón, que resultó absolutamente esperpéntica, la más surrealista de la historia del deporte. Venció el estadounidense Thomas Hicks, payaso de profesión, pero estuvo a punto de perder la vida, porque unos amigos que le acompañaban en un coche se empeñaron en suministrarle brandy, estricnina y, cuando estaba sediento (hacía mucho calor aquel 30 de agosto) agua del radiador del vetusto automóvil. Llegó a la meta y cayó desmayado, aunque se recuperó para contarlo.

Pero antes que él accedió al estadio un tal Fred Lorz, que fue aclamado como ganador, aunque lo cierto es que se había retirado en la prueba, por cansancio y deshidratación, y recogido por una especie de coche escoba. Pero subido a éste, que había adelantado a todos los atletas y se dirigía al estadio, se recuperó, mando frenar, echó pie a tierra y se presentó en la línea de meta como presunto ganador. Hasta Alice Roosevelt, la hija del presidente, se hizo fotos con él en plan campeón. Fue descubierto y, lógicamente, descalificado.

Pero había más personajes insólitos en la carrera. Por ejemplo, el cubano Félix Carvajal de Soto, un limpiabotas de La Habana, que se había pagado el viaje hasta San Luis de su bolsillo, con la ayuda de sus clientes y amigos, pero que había sido desvalijado en un barco del Missisipi (otras versiones aseguran que fue en Nueva Orleans) por unos tahúres, de forma que llegó a la competición con lo puesto. No se sabe por qué, pero fue adoptado por los gigantescos lanzadores estadounidenses, algunos de ellos conocidos como ballenas irlandesas, por su país de origen y por su tamaño. Corrió con pesados zapatos y la salida se demoró mientras alguno de los gigantes le recortaba los pantalones. Acabó cuarto, a pesar de que hizo un alto en el camino para robar manzanas de un huerto y sufrió una indigestión.

También corrieron Lentauw y Yamasani, de la tribu kaffir, procedentes de la parte oriental de Sudáfrica, que estaban en San Luis en la Exposición Universal, formando parte de un espectáculo sobre la Guerra de los Boers. Pasan por ser los primeros africanos negros en competir en unos Juegos. Lentauw, por cierto, tuvo que desviarse del circuito marcado, escapando de dos feroces perros que casi le devoran.

Pero los grandes triunfadores de los terceros Juegos de la Era Moderna fueron los estadounidenses Archie Hahn, James Lightbody, Ray Ewry y Anton Heida. Los tres primeros eran atletas. Hahn venció en 60, 100 y 200 metros; Lightbody en 800, 1.500 y 2.500 metros obstáculos; Ewry en los ahora desaparecidos saltos sin carrera, concretamente en altura, longitud y triple. Heida era gimnasta y se impuso en potro con arcos, barra fija, salto en largo, combinado y sexatlón por equipos, y, además, fue segundo en paralelas.

Unos Juegos racistas

Los organizadores llevaron a cabo los llamados Juegos Antropológicos, en los que se pretendía mostrar al mundo las diversas razas (blanca aparte, claro, que esa no protagonizaba ninguna exposición indignante) compitiendo entre sí en un espectáculo nada edificante. Como en el caso de los kaffir que corrieron en maratón, se reclutó a los competidores entre las personas de los diversos stands de los diferentes países: Turcios, sirios, indios sioux, aiuns del Japón, cocopas mexicanos, zulúes de Suráfrica, negros diversos, pigmeos...

Deportivamente, fracasaron por completo, realizando marcas ridículas en carreras, saltos y lanzamientos, que no en vano ninguno de ellos era deportista y la mayoría ni siquiera sabía lo que era el ejercicio físico entendido a la manera occidental. Lo que más asombró fue que los pigmeos, a los que se suponía avezados cazadores de elefantes y gacelas, no dieran una a derechas con arcos y flechas. En sentido contrario, un indio agorota filipino fue capaz de subir a la resbaladiza cucaña de casi quince metros en menos de veinte segundos. Una proeza.

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