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PREMIOS AS 2019

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¿Sigue utilizando despertador?

Sí, porque tengo compromisos, pero de las cosas que no echo de menos es levantarme a las seis y estar a las siete en remojo. Podría decir que duermo más horas y que he ganado en calidad de vida.

¿Cuando uno se retira lo mejor es no parar de golpe?

Lo mío es un parón temporal, así que no me veo retirada. Es más fácil vivir esta experiencia antes de que realmente pares para siempre. Desde que tengo nueve años, lo único que he hecho ha sido nadar.

Y aún visita el CAR de Sant Cugat...

Voy una o dos veces a la semana. Generalmente, hago coreografías, más con el dúo que con el equipo. Les ayudo, y Mayu (la entrenadora) me necesita, hay que cambiar muchas rutinas. También me entreno individualmente con las más jóvenes.

Siempre explicó que de pequeña se veía como un bicho raro. ¿En qué en concreto?

De pequeña no me sentía demasiado bien, quería estar siempre en la piscina, llegar la primera al entrenamiento e irme la última. Claro, mis amigas me decían que quería más a la sincro que a ellas. Mi felicidad plena llegó cuando entré en el CAR. Todas eran como yo.

¿El agua la despistaba también en clase?

No demasiado. Era bastante obediente y disciplinada. Pero en tercero y cuarto de la ESO falté la mitad de los días por justificación. Entrenaba siempre en las horas de clase. Algunas compañeras cuando iba decían que había venido una nueva.

¿Una niña que hace ahora sincro ya no es un bicho raro?

Antes era un deporte desconocido, y ahora está muy de moda y hay muchas niñas que lo practican. Lo percibo en mis campus cuando vienen las alumnas, porque tienen disciplina, sacrificio y se esfuerzan. En mi época éramos una excepción. Lo que quería hacer no lo querían el resto de niñas.

¿Y cómo recuerda su primer día?

Levitaba por los pasillos de mi casa. Mi padre dudó porque iba a compartir la vida con niñas que me doblaban la edad. Yo tenía 14 y Gemma Mengual, 28. Mi madre dijo que ir al CAR era como hacer dos carreras, la profesional en el futuro y una carrera de la vida. Lo viví con máxima emoción, me sentía afortunada porque tenía todo mi entorno listo para ser la mejor del mundo. Disponía de la mejor piscina, las mejores entrenadoras, los mejores recursos...

¿Ya soñaba con ser la mejor del mundo?

Siempre soñé a lo grande pero respetando las fases. Primero quise ser campeona de España, luego soñaba con estar en el equipo, luego con acudir a los Juegos y luego con el oro.

¿Qué deportistas admira?

Rafa Nadal es uno de ellos. Es un ejemplo sobre todo por poseer una capacidad mental increíble, y considero por mi experiencia que el deporte es 80 por ciento cabeza y 20 por ciento físico. Es más importante el trabajo que el talento. Le conozco a él y a su entorno y habla muy bien de él haberse rodeado del mismo equipo y valorarlo. Hay grandes deportistas que cambian y él no. Tiene un equipo muy bueno. También idolatro a Teresa Perales. Es un ejemplo de caerse y levantarse las veces que haga falta y con una sonrisa siempre. Eso dice mucho de sus valores: si quieres llegar debes aprender a caer, levantarte y adaptarte. Ella siempre tiene positivismo. Es única.

Hablaba de Nadal. Su tío Toni comenta en su libro 'Todo se puede entrenar' que a los jóvenes de hoy en día les falta ese espíritu de sufrimiento. ¿Está de acuerdo?

Existe esa dinámica en la juventud de hoy en día. Lo quieren todo y lo quieren ya. Y si no es seguro no tiene claro si están dispuestos a renunciar a todo por conseguirlo. Nosotras sí lo hacíamos y no nos garantizaban nada.

¿Ha tenido más sufrimiento que diversión?

No, lo habría dejado. La balanza siempre fue más positiva que negativa, porque dentro del disfrute también hay sufrimiento. Hay que convivir con el sacrificio, la ingravidez, el frío, las adversidades... En lo positivo aprendí que este camino es necesario. Los buenos encajan, los mejores se adaptan. La adaptación es clave en el deporte. Solo adaptándote a los factores externos, a los entrenadores, a los rivales, a las lesiones o la temperatura del agua se puede llegar arriba. Otros podrían haber llegado y no se adaptaron.

¿Y recuerda ese peor día de sufrimiento?

Recuerdo llevar dos semanas de máxima carga, sin descansar ni un día y estar haciendo físico dentro del agua. Cuando salí no podía ducharme, no podía levantar los brazos, pero cogí el coche: estaba cansada, la cabeza estaba mal y me sentía triste... Me pasé todo el trayecto a casa llorando. No tuve un accidente de milagro.

¿Alguna vez se acercó a la depresión?

Cuando no fui a Pekín 2008 estuve al borde. Renuncié a todo en mi vida para ir a los Juegos. Fueron cuatro años de 60 horas a la semana, muy bonitos y duros. Pero cuando pensaba que iba bien, incluso fui al Preolímpico, me empecé a dar cuenta de que no iba a entrar en la convocatoria. Hasta el último segundo estuve luchando por si había alguna opción. Anna Tarrés me envió al Mundial júnior sin apenas entrenamiento, gané la medalla y es la única vez en mi vida que no disfruté. Lloré de tristeza. Fue duro y estuve a punto de entrar en una depresión, pero mi entorno me ayudó a superarlo. Fue una lección de vida. Pasé por primera y única vez por las fases de duelo: injusticia, lucha, pegarme golpes en la pared, tristeza, aceptación y luego salí adelante con nuevas motivaciones. Pasar página es muy difícil.

¿Cree que a los deportistas a veces se les exige demasiado?

Me ha ido bien haber salido de la zona de confort para conocer otras profesiones, como la de los actores o cantantes. Y me decían que teníamos mucha suerte, que éramos deportistas. El mundo de la cocina o del arte tienen un trabajo y una excelencia brutal y no gozan de nuestro reconocimiento. Estamos reconocidos pero somos seres de hábitos y si ganas una plata te piden el oro y si quedas cuarta es un fracaso. Nosotros también somos así.

¿Volverá seguro?

No es seguro. Cuando tomo esta decisión no tengo un reto a corto plazo, pero mi intención es volver siendo madre.